RECUERDOS DEL CAMINO. Carmen Charo Pérez de San Román, numeraria auxiliar del Opus Dei de 1972 a 1990

Para quienes hacemos OpusValladolid es un verdadero honor reproducir el importantísimo testimonio de la gran Carmen Charo, gran amiga de corazón oceánico, impulsora -entre otras iniciativas en ayuda de otros- de Vuelalibre.org, web de todo tipo de ayuda para miembros y ex miembros del Opus Dei.

¡Miles de besos, preciosa amiga Carmen!

OpusValladolid

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Publicado originalmente en Opuslibros.org

Carmen charo

Fotografía de la autora.

Ver video – testimonio de Carmen Charo en el Canal Opuslibros en YouTube

INTRODUCCIÓN

Me llamo Carmen Charo Pérez de San Román, fui numeraria desde agosto de 1972 hasta abril de 1990, en que escribí una agradecida y cariñosísima carta de dimisión, sometida a la presión y al engaño por la directora de la delegación de Valencia en ese momento.

Quiero dejar claras dos cosas:

El daño tan grande sufrido durante los años de pertenencia a la obra (lo escribo con minúscula porque no creo que se merezca más) se debe no sólo a la perversidad de dicha institución, sino, y sobretodo, a la experiencia vivida en mi infancia. Verdaderamente ahí está la raíz y el comienzo de todos mis malos pasos.

Esto no excluye de responsabilidad ni de maldad al Opus Dei, del que sostengo que es perverso y anticristiano.

Carmen Charo

Queridos todos:

Os hago llegar el testimonio de mi vida, desde mi infancia hasta mi salida de la obra. Lo escribo con total sinceridad. Pretendo contar los sucesos y mis vivencias tal y como los recuerdo. No pretendo ninguna revancha contra la obra, ni justificarme yo, es más, creo que yo no quedo, muchas veces, precisamente bien.

Escribo para intentar entender, yo misma, qué pasó en mí para vivir tantos años aniquilándome como persona.

Escribo para unir mi testimonio al de tantos y demostrar que la obra no es una obra divina, sino una gran mentira que me ha hecho gran daño a mí como a tantos otros.

Escribo para que mi experiencia pueda servir de ayuda a quienes están cerca del Opus Dei y dudan.

Me identifico con mi nombre y apellidos y doy también los nombres de los centros y ciudades por donde pasé ya que no tengo por qué ocultar nada. No tengo miedo, aunque sé que muchas personas han sufrido una persecución durísima.

Me gustaría, con este testimonio unirme a una de las Orejas, Agustina, que ha tenido que dar la cara por todos. Yo también quiero ponerme de pie y decir a todo el que quiera escuchar, que aquí estoy, viva y bien viva, felicísima de VIVIR y agradecida hasta el infinito de haberme marchado de ese Infierno, de ese lugar de aniquilación que, para mí, ha sido el OPUS DEI.

Sin semejante experiencia de muerte a todos los niveles, hoy me sería imposible disfrutar de la vida como lo hago, poder intuir la hondura de la vida humana, el valor de la persona, cualquier persona, comenzar a experimentar a Dios en todo mi ser.

Queda una tercera parte, la de mi renacimiento. Me está costando escribirla, ya que yo he ido saliendo adelante por la propia vida, de la mano de Dios, sin la ayuda de un análisis psicoterapéutico exhaustivo y profundo. Así que he decidido dejar esta parte para más adelante, cuando sea capaz de analizar de forma sintética cómo he sido capaz de renacer.

Sólo quiero decir que hoy me encuentro humanamente mejor que nunca, feliz de vivir cada día mi vida, de ser dueña de ella, consciente de cada decisión que tomo. Quedan también en mí muchas secuelas del daño sufrido en mi infancia y en los años en la obra. Quedan muchas cosas por recomponer en mi personalidad humana y en mi vida espiritual. Creo que necesito un tiempo para poder poner orden en mi cabeza y poder compartir con todos vosotros mi experiencia actual.

Me gustaría que os sintierais en la libertad de hacer los comentarios que os surjan y que me puedan ayudar.

¡Gracias por todo a todos los que cada día participais en esta página compartiendo vuestra vida con todos! ¡Un fuerte abrazo para cada uno!

Carmen Charo

2. INFANCIA

Nací en octubre de 1956. Soy melliza con un chico, Juan. Mi padre se casó con mi madre, después de enviudar y perder, a un tiempo, a su esposa (en el parto) y a uno de sus hijos por malformaciones, a los dos meses del nacimiento. La otra hija también sufría serias deficiencias físicas y psíquicas. Vivió 13 años, muriendo cuando nosotros teníamos 7 años. Mi padre también vivió la guerra civil española, en el frente, como voluntario por ser muy joven, huyendo de la persecución, que le pudo haber llevado a la muerte debido a haber pertenecido por breve tiempo a las juventudes socialistas.

A los 18 años era maestro y, por el mismo motivo (haber sido socialista), fue desterrado y castigado a trabajar como maestro en un pueblo perdido de León. Viendo que su vida se cerraba, tuvo que ir a Madrid a estudiar lo que entonces se llamaba Ciencias Naturales. Fue un estudiante muy brillante. Eran bastantes hermanos y sus padres no le facilitaron los estudios. El se los costeó trabajando y con mucho esfuerzo.

Cuento todo esto para dar a conocer con más amplitud a mi padre, porque quizá vaya a dar una impresión negativa de él. Creo que es una persona, -aún vive- que ha sufrido mucho en lo personal, que se ha hecho a sí mismo con mucho esfuerzo, que es fruto de un tiempo político, cultural y religioso que le ha marcado grandemente.

En realidad, esto, en mayor o menor medida, se nos puede aplicar a todos. Nunca podemos juzgar la actuación de nadie. Todos, a veces, podemos hacer daño sin ninguna intención de hacerlo. En la vida de cada uno se suelen agrupar un cúmulo de factores: limitaciones, circunstancias, personas…, que nos dan una visión parcial o deformada de las personas y de los momentos, y nos llevan a actuar de una determinada manera. En realidad, rara es la persona que actúa con verdadera malicia.

 

 

Esto lo pienso ahora, pero me ha costado mucho llegar a aceptarlo. El modo de actuar de mi padre me ha hecho mucho daño. Aún no he resuelto el problema con él, pero vamos dando pasos, y estoy segura de que llegaremos a un cariño y una comprensión profunda antes de que nos vayamos ambos de este mundo. Creo que es una de las tareas importantes que he venido yo a hacer a esta vida.

Tengo que decir que siento un cariño profundo por él, y él también me quiere, aunque yo a veces no entienda sus modos.

Sigo con la historia de mi familia:

Mi hermano y yo éramos los hijos mayores, nacimos sanísimos y llenos de vida. Luego llegaron otros dos más.

Tengo poquísimos recuerdos de la infancia y los que tengo son bastante desgraciados.

Recuerdo el colegio de monjas al que nos llevaron con 4 años. Ahí comienzan mis recuerdos de martirio. Había una disciplina severísima. Yo era zurda y tuve que aprender a escribir con la mano derecha a base de tortas, burlas, gritos…

Viene a mi memoria con total lucidez cómo lloraba porque no quería ir al colegio y me tiraba al suelo, en plena calle, sin importarme el número que montara. No sé por qué, pero caí en desgracia y, en 4º curso de primaria, con unos 8 ó 9 años, venía la prefecta todos los sábados por la mañana (entonces había clase) a comprobar nuestros progresos escolares. Siempre me sacaba a la pizarra y disfrutaba poniéndome en ridículo, haciendo ver a todas las niñas que era lenta, torpe…

Cada trimestre y a final de curso, se repartían bandas de distintos colores, según se tratara de premiar el comportamiento, la brillantez en los estudios, la puntualidad… Yo jamás obtuve ninguna. Tardé en aprender a leer, escribir, sumar… Quisieron que mi hermano y yo hiciéramos la Primera Comunión separados porque yo no daba la talla. De hecho repetí un año, e iba un curso atrasada con respecto a mi hermano.

Una vez conté en casa lo que me hacían. Fue mi madre a hablar al colegio -era el mismo al que asistió ella de pequeña, y conocía a las monjas más antiguas- y la represalia fue mayúscula. Así que decidí callar y aguantar lo que cayera.

En fin, así podría seguir contando detalles. De esta forma yo conseguí ser una niña encogida, temerosa, muda. No vivía, no disfrutaba, sobrevivía, estaba en una alerta continua, a la defensiva, como con la respiración contenida. El miedo era mi compañero de juegos.

No sé si mi padre se creyó realmente que era tonta, o su convencimiento fue anterior, pero como tal me empezó a tratar.

Hacía los deberes del colegio conmigo y mi bloqueo era total conforme aumentaban sus gritos porque yo no daba pié con bola.

Creo que de siempre mi hermano mellizo fue su ojo derecho. Era inteligente, muy líder, buen deportista, muy brillante en los estudios…Todo lo hacía bien.

Yo me sentía fatal, aunque no juzgaba mi situación ya que no tenía referencia de otra posible vida. Es como el niño que nunca ha tenido zapatos. No sabe si el frío o dolor por las durezas, son normales porque no tiene otra referencia. No sabe lo que supone ir con zapatos. En mi caso se trataba de sobrevivir, de pasar desapercibida para sufrir lo menos posible. Así era mi vida.

Mi autoestima, si en algún momento la tuve, iba desapareciendo totalmente a la par que crecía el convencimiento de mi falta total de valía intelectual y en general, humana.

Sentía cada vez con más fuerza que lo lógico era que yo hiciera las cosas mal. Era lógico que no fuera creativa, que fuera torpe físicamente, que tuviera poca destreza para las habilidades manuales y artísticas… Este sentimiento absolutamente negativo de mi persona me ha acompañado hasta hace bien poco, y aún no ha desaparecido totalmente.

Tengo buenos recuerdos de los juegos con mis hermanos. Nos queríamos y lo pasábamos bien juntos. Otro buen recuerdo es el de las Navidades. Resultaban entrañables y alegres. ¡Cuántas sensaciones y buenos recuerdos me traen el olor a compota por toda la casa, la tarde de Nochebuena!

A los 10 años me cambiaron de colegio. Me debí de volver hermética y creé cierta preocupación en casa. Digo esto porque nada más llegar al nuevo colegio me cogió la directora y me animó a hablar y preguntar sin temor todo lo que no entendiera.

Cuando pienso en esa época de mi vida se me pone un nudo tremendo en la garganta. No sé a qué compararlo. Ahora mismo revivo con total realismo el nudo en la garganta que me imposibilitaba hablar y la rigidez total en todo mi cuerpo.

Mis padres no supieron ver mi situación y valorar el tremendo sufrimiento que yo estaba padeciendo. No quisiera dejar una visión negativa de ellos. Es cierto que no han sido ninguno de los dos la ternura personificada, pero quizá, yo también he sido excesivamente sensible.

De cualquier manera, esta es la vida. En ellos no veo, y lo digo con la visión que me dan hoy mis 47 años, mala voluntad. Me dieron lo que tenían y no lo supieron hacer mejor. Cuento todo esto para que os hagáis idea de mi situación personal.

A los 12 años, una compañera del colegio nos habló del club de bachilleres de la obra. Comenzamos a ir los sábados a clases de cocina, manualidades… También solía haber meditaciones. Yo lo pasaba bien, y las meditaciones no me parecían mal, ni aburridas. Tenía inquietud espiritual. Admiraba a las numerarias que venían de Pamplona, del centro de estudios. Humanamente me resultaban personas muy atractivas, alegres…

La verdad es que las había bien pesadas en el seguimiento personal. Y reconozco que a mi me faltaba carácter para mandarles a la porra, como hicieron varias compañeras de mi colegio, que no aparecieron más por el club. Yo era carne de cañón fácil. De cualquier manera, el balance era más positivo que negativo y decidí seguir.

En el club no me encontraba distendida, porque no sabía lo que era eso. Pero, no estaba mal. Me hacían caso. Me sentía valorada. Parecía importarles. Creo que ellas reconocían mis valores: era responsable, formal, discreta, estudiosa, piadosa… en fin, buena persona. En mí había una gran inquietud espiritual y de servicio a los demás. En el colegio, también venían de vez en cuando, monjas que estaban en misiones y nos contaban de su labor apostólica. Me resultaba una vida muy atrayente, aunque nunca me planteé ser monja pues no me resultaban humanamente atractivas.

VOCACIÓN – CENTRO DE ESTUDIOS

Así que a partir de los 14 años me bombardearon para que pitara. Como el seguimiento no era diario la cosa fue dilatándose. Yo no lo tenía nada claro. Realmente no sentía ninguna llamada y tampoco me sentía feliz y plena como para tomar semejante decisión. Tampoco se puede decir que fuera amiga íntima, de las que se puede decir, con plena confianza, de ninguna de las que iba por el centro. Yo no buscaba nada. Más bien me perseguían a mí.

Me presionaron diciéndome que Dios me llamaba y, recuerdo que en un curso de retiro o convivencia de pitables, no sé qué era aquello (creo que yo era la única “no de la obra”) me “invitaron” a entrar en el oratorio y salir con una respuesta. La responsabilidad, desde luego que fue mía. Podía perfectamente haber dicho que no, aunque no sé que hubiera pasado, pero hacía falta conocerme poco o tener pocos escrúpulos, para plantearme a mí aquello.

Yo era demasiado obediente, no tenía peso para plantarme y decir que no, no disponía de claridad mental para razonar mi respuesta. La conciencia que tenía de mí misma era muy vaga. Me atraía el ideal, pero no sentía el impulso necesario como para tomar semejante decisión.

Salí y dije que sí, que pitaba, aunque, visto desde la perspectiva actual, con muy poca convicción. Desde luego que sí sabía a qué me comprometía y fui consecuente desde aquel momento. Yo sabía que le daba mi vida a Dios, renunciando al amor humano, para vivir donde la obra me necesitara y realizando la tarea que de mí se requiriera, sin perder mi condición de persona normal, es decir, sin ser monja.

Pité el 15 de agosto de 1972. Como en otros casos… los consejos de “no digas nada a tus padres”, cosa por otra parte de sentido común. También los besos y abrazos de las 100 del centro de estudios, a las que no había visto nunca, o sea, “todo el mundo sabía mi historia”… Esto tampoco me escandalizó pues me pareció lógica la alegría de una más para la familia.

Ahora pienso cómo era yo entonces, y me veo como una niña tímida, encogida, sin espontaneidad. Estaba acostumbrada a sufrir y era excesivamente seria y responsable. Yo no pasé la rebeldía de la adolescencia, ni la despreocupación. Era muy formal, obediente y estudiosa.

No destacaba en nada porque había aprendido que pasando desapercibida se vivía mejor. Esa era mi máxima. Por lo tanto yo no era, no existía, no tenía vida. No me conocía. Así que para mí la obediencia en la obra no supuso gran cosa, ya que mi vida siempre estuvo marcada desde fuera. Yo no tenía criterio ni opinión. No tenía ilusiones ni objetivos.

Ahora me doy cuenta realmente, que entonces, inconscientemente, lo único que me importaba era encontrar un sitio donde sufrir lo menos posible.

Seguía convencida de mi nulidad, por lo que cualquier reconocimiento exterior era muy reconfortante.

Esta era mi realidad interior. Por otra parte, externamente no debía de dar la sensación de rara, ya que no me hubiesen perseguido. Aunque quizá, vieron en mí el peón fiel, un buen burro de carga. No sería una estrella, pero hacía mi papel.

Y fui de Guatemala a Guatepeor.

Siendo ya adscrita, íbamos un grupo de amigas, los domingos por la tarde, a hacer pasar unas horas agradables a personas con discapacidad psíquica. Esta era una actividad ajena totalmente a la obra. Yo era la única adscrita, y puesto que no se vivía de forma permanente en la ciudad, tenía que seguir haciendo mi vida.

En el centro no había ninguna sensibilidad por este tipo de actividades sociales. No tenían ni idea de que yo me dedicaba a ello. Pero les preocupó mucho que allí fueran también chicos del colegio de marianistas, majísimos, por cierto. Así que lo dejé.

Otra cosa que recuerdo que me chocó de aquel entonces, fueron las visitas a los pobres. Con otra chica del club que no era de la obra, íbamos a visitar a gente necesitada. Planteamos hacer una labor continua con alguna señora mayor que vivía sola, pero nos dijeron que no, que no era lo nuestro. La atención continua a personas pobres, enfermas… era para otros. Algo crujió dentro de mí pero así quedó. Ya lo entendería en su momento.

Mi vida de adscrita fue realmente rara. Era una santidad extraña, hecha de normas de piedad y apostolado o más bien proselitismo para llevar a mis compañeras por el centro, pero una vida aislada. Yo tenía una gran inquietud social, pero aquello no tenía cabida. La verdad es que el apostolado, tal y como se entendía en la Obra, o sea, buscar gente para acercarla a la Obra, nunca se me dio. Yo siempre enganchaba con las personas inadecuadas.

Mi situación personal de desprecio por mi misma era tal, que pensé que la que hacía las cosas mal era yo, y esto ha sido una constante durante muchos años. No sabía hacer apostolado. No enganchaba con la gente adecuada.

Como he dicho antes, algo crujió en mi interior, porque pude comprobar que de cien almas no interesan las cien, que sólo nos movíamos entre niñas bien, sin problemas. Nos dedicábamos a actividades absurdas y siempre para pasarlo bien nosotras, nunca para dar nuestro tiempo, nuestro trabajo, nuestras energías a los necesitados. Algo sentí con lo que no estaba de acuerdo, pero no supe racionalizarlo.

No fui a ningún curso anual, porque ni me dijeron de su existencia. Si asistí a un curso de retiro, cosa más fácil de entender para mis padres.

Como he dicho antes, durante un año fui la única adscrita de Vitoria. Al año, pitó otra chica de mi clase, pero despitó enseguida, así que seguí sola otro año más hasta que me fui al centro de estudios. No recuerdo nada de la primera formación, de los compromisos con la obra, costumbres… Seguro que me explicaron todo, pero de tal forma, o yo estaba tan hipnotizada que no se me quedó nada.

Recuerdo que fueron dos años de bien poco entusiasmo, en el que planteé varias veces el dejar de ser numeraria porque llevaba una vida muy solitaria, me sentía descolgada de todo. Todo lo que me resultaba gratificante, no encajaba con la vida que debía llevar.

Entonces, no fui capaz de ver que lo que me pedían era llevar una vida no precisamente normal, que había excesiva preocupación por proteger (todo era ocasión de tentación, de caer), no me ayudaron a crecer en libertad interior para poder vivir realmente en cualquier situación mi vocación. Se hablaba mucho de que la vocación es como una llama tenue que cualquier viento puede apagar. Ahora veo que realmente se dejaba, o mejor, se empujaba a pitar a personas con muy poco convencimiento. No era realmente una decisión libre.

Siempre se me presionó para que siguiera. Vivía como en una especie de nube, sin sentir la vida, sin la ilusión propia de los 16, 17 años.

Terminé COU y me dijeron que tenía que ir al centro de estudios a Pamplona. A mi me correspondía estudiar en Valladolid, donde había ido mi hermano a estudiar Medicina. Yo, a través de mi madre, presionaba a mi padre, al que no me atrevía a dirigirme personalmente. Reconozco que le tenía terror y no teníamos ninguna confianza mutua.

Yo quería estudiar Psicología, pero me aconsejaron en la Obra que cambiara a Pedagogía y así lo hice.

Fui a Pamplona, con la oposición total de mi padre, que tampoco quiso enfrentarse a una institución de la Iglesia Católica, (es una persona muy temerosa de Dios) pero con la que no simpatizaba en absoluto. Sólo mi madre vino a las convivencias para padres que se organizaron a lo largo de los dos años, ya que mi padre nunca quiso aparecer por el centro de estudios.

El 24 de Julio de 1974, me fui al semestre anterior al centro de estudios, tras una bronca fenomenal de mi padre por mi marcha. Recuerdo que para mi fueron buenos momentos. Me sentía de alguna manera libre, al estar fuera del alcance de mi padre. Pero, seguía sin estar distendida, relajada y a gusto. Seguía practicando lo aprendido de vivir a la defensiva, con mucha dificultad para abrirme, para ser espontánea.

Realmente la obra no era mi casa, mi familia, el lugar donde una se encuentra plenamente a gusto, centrada… pero como tampoco me encontraba así con mis padres, no era capaz de tomar una decisión o de valorar la situación. Seguía en mi huequecito, pasando desapercibida.

No hice la admisión hasta el 26 de julio de 1974, es decir, cuando llegué al semestre. A mí, nunca se me habló claro sobre lo que se pensaba de mí, o si en algo no daba la talla. Tampoco se me informó de que estaba en periodo de prueba y de que la admisión suponía el visto bueno de la Obra respecto a mi vocación.

El centro de estudios fue más de lo mismo. El hecho de que fuéramos más de cien personas, me ayudó a pasar más desapercibida. Recuerdo la charla fraterna con horror porque me costaba muchísimo abrirme y pasé por un montón de manos, unas más agradables que otras. Yo creo que la recuerdo con horror porque allí yo no iba a explayarme, a mostrarme como era, sino a dar cuenta de una serie de normas, costumbres, criterios…, más o menos como a quedar bien, a dar la talla. Había que hacer la charla y confesarse semanalmente, y hacer la charla con el sacerdote cada quince días. Así que no tenía descanso.

Vienen a mi memoria personas entrañables con las que pasé muy buenos ratos, que solían ser personas no precisamente con buen espíritu, y en las que me relajaba su libertad para mostrase como eran, cosa que yo era incapaz de hacer.

Recuerdo a una de mi curso, completamente resuelta, a la que le regalaron un abrigo de piel y una sortija muy vistosa. Realmente llamaba la atención ver una numeraria, en primero de carrera, con un abrigo abultadísimo de piel por el campus. Se debió montar bronca buena porque no quiso dejar en la mesa de dirección, ninguno de los dos regalos, y se quedó más ancha que larga. ¡Claro que no acabó el centro de estudios! Yo sentí verdadera pena cuando se fue porque era completamente gratificante en la vida de familia. Era de esas personas que ensanchan el alma y dan oxígeno a su alrededor.

Otro recuerdo de entonces fue la muerte del fundador. Fue un día terrible. Se mascaba la tensión. La subdirectora Tere Negre, ya fallecida, nos fue dando personalmente la noticia a cada una. Cada quien bajaba al oratorio y ponía cara de gran pesar o lloraba. Aquella situación era de todo menos natural. Todo el mundo estaba a la expectativa de lo que correspondía hacer para quedar bien, y no hacía falta ser un lince para darse cuenta. Era como si se tratara de dar un ambiente de dolor solemne y profundo a toda la casa.

Yo era bien experimentada en la tarea de estudiar las situaciones y actuar en consecuencia. Realmente, yo no sentí precisamente dolor o pena, pero ni me atrevía a ser consciente de ello, cuánto menos a decirlo a nadie. No se vivía ambiente de dolor, de unión familiar, que hubiese sido lo lógico. He de reconocer que puede salvar la situación el hecho de que éramos mucha gente y gente muy joven.

Hasta que me tocó pasar a mi a recibir la noticia, la tensión fue tremenda. Me dio tiempo a pensar de todo: que nos echaban a un montón de la obra, que se iba la directora… ¡yo que sé! Nadie hablaba con nadie. El silencio durante toda la tarde en la casa, fue sepulcral.

Por cierto, que tiempo después, nos pidieron a todas que escribiésemos un testimonio para la causa de beatificación. Prácticamente todas habíamos tenido ocasión de ver al fundador cuando vino a Pamplona el año 73 ó 74. Y, todas con muy buen espíritu, nos estrujamos el cerebro para sacar muestras de santidad, prácticamente de haberle visto pasar por una puerta, como fue mi caso, al salir del edificio central de la universidad.

Un tema importante para mí del centro de estudios, fueron las correcciones fraternas, que se prodigaban por doquier con el fin de que nadie viviera de forma espontánea y relajada. Externamente, el fin era empaparnos del “buen espíritu”, exigirnos hasta en los detalles más nimios por vivir el espíritu que el fundador había recibido de Dios.

A mi vinieron a darme donde más me dolía, pues vivía en una pura tensión, llegando a ser aún menos auténtica de lo que ya era, a aprender a interpretar constantemente el papel de buena hija del Padre.

Recuerdo sobretodo dos correcciones, que me marcaron. Una de ellas fue por criticar lo que contaba un artículo de Noticias. Dicho artículo hablaba de la labor apostólica en Vitoria. Se suponía que una numeraria tenía una conversación conmigo, aún adscrita, y yo le decía que quería ser periodista… Yo comenté que lo que decía allí era inventado todo, porque yo jamás había dicho semejante cosa (¡Ya ves tú, periodista! ¡si mi máxima era pasar desapercibida!). Me corrigieron diciéndome, ¡que quién era yo para juzgar lo que decía en las publicaciones internas! Si acaso, no me acordaría de lo que había dicho.

La segunda corrección fraterna fue al protestar por tener que ir al monte de excursión con la faldita, absurda y dando un cante total. La misma persona que en la anterior corrección, me dijo que el que fuéramos con falda era una querer del Padre que yo debía aceptarlo con libertad, como algo propio, y con agrado. No era algo opinable, ni discutible, y no tenía derecho ni a que interiormente me sentara mal. Directamente debía de amar semejante disposición.

Así se trataba de hacer con todo. Aunque cualquier cosa te pareciera absurda integral, o fuera mentira total, tú no cuentas para nada. No tienes capacidad para pensar, juzgar, decidir, o incluso para ver. Así, una empieza a tener una desconfianza total de sí misma. Puedes no estar segura, incluso de si lo que tienes delante es una persona o una farola. Es un detalle, pero esto cultivado constantemente y en temas grandes y pequeños, te llega a deshacer como persona.

Otro tema que ya me empezó a pesar fue la separación de mi familia. La relación que tuve con ellos fue a través de mi madre, cuando venía a verme. Mi hermano mellizo cortó la relación conmigo. Mi hermana, dos años menor que yo, pitó y despitó a los pocos meses, única ocasión en la que me pidieron que fuera a casa de mis padres. Por cierto, fue el mismísimo día en que murió el generalísimo, así que no tuve que perder clase. MI hermano pequeño tenía 12 años, y pasaba de mí.

La verdad es que me costó volver de casa de mis padres. Yo, en casa no di a conocer mi situación, más bien al revés, tuve que demostrar que estaba encantada y feliz.

La relación con mi padre seguía muy tensa, pero mi madre derrochó mucha ternura conmigo. Yo me sentía muy sola y muy perdida. No sentía ningún calor humano, no percibía un cariño personal, no había intimidad, ni confianza. Todo me parecían risas huecas y disciplina. Llegar al centro suponía empezar a interpretar un papel de teatro. Empecé a pensar si me compensaba volver a casa de mis padres. A esto tampoco le di demasiada importancia pues pensaba que una casa con cien personas tampoco iba a ser lo habitual en el futuro.

Acabo el relato de esta etapa con una anécdota que he recordado muchas veces en los años posteriores, con gran cariño por la persona que la protagonizó.

Una del centro de estudios, andaluza, de Almería, graciosísima, que aún persevera, nos contó cómo en sus años de bachiller, su padre la mandó interna a un colegio y no le mandaba apenas dinero, o se lo tenía bastante recortado. Ella salió en una película del oeste americano haciendo de extra, sin que nadie lo supiera, claro. Así gano, 500 Pts y un bocadillo.

Bueno, la cuestión es que ella le escribía a su padre, pidiéndole dinero, y su padre le contestaba otra carta en la que se enrollaba contándole de su madre, sus hermanos, el pueblo, la abuela…. Y siempre terminaba diciéndole: ¡¡Bueno, y de lo del dinero!!…. Tu padre que te quiere. Y firmaba.

Realmente nos reímos con aquello, y yo he tenido ocasión de usar la expresión, muchas veces en la vida, y siempre acordándome de ella.

VALENCIA- APOSTOLADO

Más o menos bien pasaron los dos años, ¡y por fin comenzaba la vida ordinaria!

A mi me tocó ir a vivir a Valencia, a un centro de universitarias – Tetuán – en la Plaza de Tetuán, al lado de la Capitanía General, donde oíamos cada mañana y cada atardecer a los reclutas que izaban o arriaban la bandera, y al “turuta” que se pasaba el día ensayando.

Allí continué la carrera, gracias a Alejandro Llano, numerario, entonces decano de Filosofía en la Universidad de Valencia. El traslado a una universidad pública no era fácil ya que podía cursar Pedagogía en Valladolid, universidad que me correspondía por distrito.

Con mi maleta de cartón plastificado y liada con una cuerda, ya que se abría de puro mala que era, me pusieron en el tren y llegué a Valencia. Esas no eran, claro, las maletas que me había comprado mi madre. (Ese era uno de los misterios sin resolver del centro de estudios: todo el mundo llegaba con maletas nuevas y buenas, y se iba con auténticas reliquias, pero, ¡que todo fuera eso!).

Salió a recibirme la secretaria del centro. La casa era antigua, de techos muy altos, bonita, si no fuera porque se estaba cayendo. En una esquina de la casa había una grieta que controlaban los arquitectos del ayuntamiento, creo. Casi se veía la calle, y corría un fresco riquísimo. Pero, era una casa entrañable.

Al llegar al centro, saludé a la directora y me recibieron con cena fría. La verdad es que noté otro calor de familia. Me gustó el recibimiento.

Vivía en el centro Rosario Grases, la hermana de Montse, a la que abracé como a una reliquia viviente. Por cierto, que no me atreví a preguntarle nada acerca de ella, y luego, en los años en que coincidí con ella, jamás se habló del tema, a pesar de que es una persona en proceso de beatificación. Ahora lo lamento, porque sí me gustaría saber qué pensaba su propia hermana de su normalidad y santidad.

Me dieron una buena habitación. Ninguna era dormitorio personal. La mía era salita de día y dormitorio de noche, así que no había forma de perderse. Todas estábamos igual. Cuando hubo un poco más de confianza pasé a dormir encima de una mesa del estudio, y compartía el estudio con otras dos más. Eso sí, cada una dormíamos en una mesa.

También había clases en lo que a tablas de dormir se refiere. Las tablas de aglomerado eran más llevaderas por ser más blandas. Aquella no, aquella era una madera buenísima, gordísima y dura como la piedra. Extendía la cama por la noche y la recogía por la mañana, guardándola en el armario de un trastero-cocina que había, donde también guardábamos los zapatos. La ropa la tenía en un armario del pasillo. Era una casa incómoda, pero tengo que decir que guardo un gratísimo recuerdo de ella.

Tengo para mí, que cuanto más incómoda he vivido en la obra, he sido más feliz, porque se creaba un ambiente más especial, de mayor complicidad y sintonía.

En la casa había tres duchas para las nueve que vivíamos en el centro, la de la directora y otras dos más. En una había algún cable que hacía contacto y con bastante frecuencia te daba un buen calambrazo. Y, en la otra, no había agua caliente y no se podía cerrar completamente la ventana, así que había que ducharse con el relentillo.

Era una casa viejísima y las cucarachas campaban por sus fueros. Rosario Grases, era la encargada nada más levantarse, de sacar todos los cajones de la cocina y matar las cucas. Lo hacía con verdadera naturalidad. Todas estas cosas eran la sal de la vida, y las recuerdo con verdadero cariño.

De la directora, hoy guardo un cariñoso recuerdo, pero me hizo sufrir mucho, porque era de una disciplina germánica y, por entonces le faltaba humanidad a raudales. Años más tarde volví a coincidir con ella y la encontré como una mujer encantadora y humana.

La verdad es que nos unimos en aquella casa un grupo variado de gente y lo pasamos bien. Viene a mi mente, una de ellas, libre totalmente de espíritu, que como tal, dejó la obra a los pocos años. Le tengo que agradecer especialmente su cariñosísima bienvenida al centro, y su ayuda en lo profesional cuando abandoné la obra.

Había poco dinero, y ella consiguió que le regalaran un pavo, al que cuidaba en un patio interior y lo alimentaba, con el fin de que llegara a Navidad. El pavo, mal comido, estaba como una piedra en Navidad.

Otra anécdota curiosa que le sucedió a ella, fue con la portera de la casa. Se llamaba Atala, era coja y tenía muy mal genio. Cuando llegó ella al centro, en su afán por ser cariñosa, saludó a la portera y le dijo: ¡Hola Atila! ¿Qué le ha pasado en el pié? Ella, con la cara seria y los brazos en jarras, le contestó: Me llamo Atala, y lo del pié es de nacimiento. Ya no intentó ser más amable.

A mi me sorprendía la naturalidad con la que hacía lo que creía que tenía que hacer, tanto si caía bien como si caía mal. Así, era la única numeraria que yo haya conocido, que llevara al centro a un compañero (hombre) de curso porque tenían que hacer un trabajo conjunto. A mí esas libertades de espíritu me encantaban. No conseguía que nadie le condicionara, y yo la admiraba porque no me sentía capaz de tanto.

Allí se me fue esponjando el alma. La vida de familia era distinta que en el centro de estudios. Yo dejé de estar tanto a la defensiva y comencé a disfrutar. Recuerdo que tuve una temporada a toda la casa intrigada con un juego, que hoy me avergüenza por lo infantil. A nadie la pareció mal y no me cayó ninguna corrección fraterna.

Quizá, quien entonces ponía la nota amarga era la directora y su tensión apostólica agobiante.

Por este tema sí que lo pasé mal. Llegué al centro en fechas ya de hacer la matrícula en la universidad, y me tenía amargada, exigiéndome que le diera cuenta diaria de mis gestiones apostólicas: a quién había conocido en la cola de secretaría, en la calle, de qué había hablado…

Se trataba de salir a la calle y hablar a quien fuera del centro, pegase o no. Me exigía resultados diarios. Era antinatural y absurdo, pero yo era incapaz de hacérselo ver. Es más, me sentía torpe por ser incapaz de trabar una relación personal de golpe y porrazo.

Fue llegar y empezar a rendir. Me sentí mal porque nadie se preocupó de mi adaptación: vivir en un centro pequeño, lejos de mi tierra, de mi familia,… todo era nuevo y no tuve tiempo ni de comentar cómo me sentía. No había que perder un minuto. Me sentí mal, pero como siempre, no fui capaz de analizar.
Para colmo, mi horario de clases era el último de la tarde. A ese grupo, por la hora de clases, asistían fundamentalmente, personas mayores, maestros que hacían el curso puente para seguir con Pedagogía, monjas, frailes… Mi campo apostólico se veía reducido a nada. Yo vivía con esa obsesión constante y un sentimiento cada vez mayor de hacer las cosas mal, de inutilidad personal.

El apostolado, o sea, el compartir mi vida espiritual con las personas, que debiera ser la consecuencia lógica de una gran vida interior, un desbordamiento del amor de Dios en el propio corazón, y un compartir con todo tipo de personas, se convirtió en una tarea postiza y artificial, algo obligado, algo incómodo y antinatural.

Yo no era capaz de darme cuenta de que me estaban pidiendo algo postizo. Eso no era apostolado cristiano, y me echaba la culpa de mi ineficacia.

En todo este modo de proceder puede haber bastante de limitación de las personas, pero era lo habitual en la vida de todas las del centro, lo que quiere decir que era la directriz que marcaba la Obra.

Ahora soy capaz de ver, cómo faltaba una verdadera unidad de vida. El apostolado, nuevamente no era fruto de la vida interior.

En nuestra vida personal había como apartados: hacer las normas de piedad, hacer apostolado, vivir la vida de familia, trabajar o estudiar… En todos esos apartados había que cumplimentar una serie de requisitos, y así parecía que todo funcionaba bien. Era el modo de llegar a ser santas.

No se formaba a personas humanamente maduras, libres, a las que se les daban los medios para ahondar en su amor a Dios, y por tanto en su compromiso con El. De esta forma, todo lo que haríamos a lo largo del día, sería una consecuencia de ese convencimiento interior, de esa base cada vez más sólida y profunda.

Parece que lo lógico sería que cada quien viviese su compromiso cristiano en cualquier situación y momento del día, con todo tipo de personas.

Cada persona se santifica contando con sus cualidades, capacidades, dones personales, que Dios le ha dado, y por tanto la respuesta de cada uno es personal, única e irrepetible,

En la Obra, al revés, se te niega el pensamiento propio, el sano espíritu crítico. No se da a conocer el espíritu, y cada quien le da vida según su personalidad y dones particulares. No se vive de forma personal. No, en la Obra, todos, concretamos de la misma forma el modo de vivir cualquier virtud. Se da a conocer el espíritu, y se concreta hasta el más mínimo detalle el cómo vivir aquello. Esto uniforma a las personas, les anula la personalidad, les hace inmaduras.

No se trata de sacar lo bueno que cada uno guarda en su interior, sino de vestirse todos con el mismo traje. La vocación pasa a ser un corsé, más que un traje a medida, un ir por el carril indicado más que una respuesta personal y libre a la llamada de Dios. Poco a poco, la vocación va empobreciendo a la persona más que llenándola de plenitud.

A lo largo de aquel primer año en el centro, se fueron unas cinco adscritas de las diez que había, más una de las que vivía en el centro.

A ésta, la veíamos llorar y llorar, pero nadie le decía nada. Nadie podía o se atrevía acercarse a ella para consolarla, para hablar… No es que hubiera una prohibición expresa, pero todas entendíamos que no era cuestión personal de nadie. A la directora era a la única que le correspondía hablar con ella. Todas sabíamos de sobra que la vida personal es cuestión del consejo local.

La verdad es que estas situaciones en los centros son muy duras y difíciles de comprender cuando se trata de hacer ver que la obra es una familia.

Recuerdo también, que por aquel entonces, la familia de una de las del centro pasó unos apuros económicos tremendos. Su padre era un empresario bastante importante y se arruinaron. Bien, pues yo no me enteré absolutamente de nada. Conocí la situación años más tarde, cuando era evidente para todo el mundo. Eran conocidos en Valencia y tuvieron que marchar a trabajar a otro país…Me dolió mucho, y no creo que fuera yo la que vivía al margen de todo, aunque en ese momento también me eché la culpa de eso y pensé que iba a lo mío de tal forma que no me había dado cuenta de nada.

Me dolió la falta de confianza que tuvieron conmigo. No sé si las demás se enteraron, lo que sí es cierto que jamás se hizo un comentario sobre el tema en grupo, en la vida de familia.

Cambiamos de casa, a una nueva y el encanto de la vida de familia pasó a mejor vida. Yo permanecí en ese centro los dos años últimos de carrera.

Pasada la alegría y relajo de los primeros momentos, la vida pasó a ser más dura. Me sentía desenganchada totalmente en lo apostólico, me creía inútil y eso me hacía sentir muy mal. Por otra parte, la carrera fue un desastre. No podía leer nada, no podía asistir a ninguna actividad extraacadémica, no conectaba humanamente con nadie del curso… ¡Completamente frustrante!

Tengo muy buen recuerdo de los veranos. El primer año lo pasé entero en Yeste, en convivencias con bachilleres. Nos dejaron unas casas que llenaron de literas de la Marina. No había armarios ni nada. El desorden, la austeridad, la vida al aire libre…fueron muy positivas. Disfruté mucho con las niñas que pasaban por allí en tandas cada diez días. Yo no era del consejo local, sino peón de apoyo. No sabía, ni me sentía cómoda persiguiendo a nadie para que pitara. Ese verano disfruté verdaderamente de las personas. Humanamente fue muy reconfortante.

El segundo y tercer año, estuve en Cuatretonda, un pueblo de Valencia de unos 2.000 habitantes. Se trataba de una promoción rural con universitarias del centro. Una señora mayor del pueblo nos cedió su casa y vivíamos con ella. El sacerdote del pueblo era supernumerario y se llevaba a mal traer con el alcalde, que era socialista. Ahora me parece verdaderamente meritorio. El alcalde hizo gala de un sentido de la libertad que en la obra no hubieran tenido ni en los días de fiesta. ¡A buenas horas se ha dejado a ningún socialista entrar en un centro y dejarle que hable! Eran el coco, el demonio.

La cuestión política es otro tema de que hablar. Teóricamente, la Obra no debe influir sobre el pensamiento político de nadie. Es cierto que no se dan círculos ni charlas sobre pensamiento político, pero, como en tantos temas, el ambiente, el modo de vida…van inclinándote hacia un modo de pensar. Yo he llegado a ser “facha” y fanática donde las haya. También es cierto que he encontrado auténticas excepciones, personas que han tenido ideas claras y bien definidas en cuanto al tema político. Siempre tendían hacia un pensamiento liberal y de izquierdas. Se notaba claramente que no eran la norma y debían defenderlo.

También se procura que haya un buen botón de muestra que haga ver de forma patente que el Opus Dei no tiene opinión política y se respetan todas las tendencias. En mis tiempos se hablaba muchísimo de Calvo Serer, al que Franco mandó a la cárcel y tuvo que exiliarse, y por contra, los ministros Lopez Rodó y López Bravo, numerario y supernumerario, respectivamente.

A propósito de esto, recuerdo que en junio del año 77, creo que fue, no me dejaron votar al partido de Democracia Cristiana de Ruiz Jiménez. Fue la propia directora quien me preguntó qué es lo que iba a votar, y me lo dejó bien claro. La numeraria “libre de espíritu”, de la que he hablado anteriormente, dijo que “pasaba”, pero yo no. Esto, fue un error personal de la directora, que yo debía haber corregido, pero como lo mismo pasaba con distintos temas, la verdad es que no creí que fuera yo la equivocada. Sería una cosa más que entendería con el tiempo. Estaba claro que la Obra no influía en la opción política, pero…sus razones habría para aquella imposición.

Siguiendo con el tema político, años más tarde, cuando el golpe de estado de Tejero, también recuerdo que nadie dijo nada, pero en el ambiente se vivía cierta euforia, cierto gusto por el hecho de que el golpe de estado prosperase.

Sigo con la promoción rural. Dábamos clase a los niños por la mañana, y por la tarde, charlas a las chicas y señoras. Íbamos a la piscina del pueblo y enseñábamos a nadar a los niños. Eso sí, dimos el cantazo con nuestros bañadores de faldita antidiluvianos.

El fin de la promoción no era el bien de la gente del pueblo, sino conseguir que pitaran las universitarias que iban. Yo seguía sin encajar en aquello. La verdad es que todas las que por allí pasamos nos volcamos en la gente del pueblo y disfrutamos. No nos volcamos nadie de forma antinatural en la labor proselitista y fue una experiencia bonita para todas.

Llevar una vida normal, mezclada con la gente, hacer tertulias en la puerta de la casa hasta altas horas de la noche…en fin, romper todas las normas de la vida de una numeraria era completamente gratificante.

La gente se admiraba de que fuéramos a Misa todos los días, de que hiciéramos oración en la iglesia del pueblo, ayudáramos a limpiar bien la iglesia…Fuimos un punto de color, aquellos años, para mucha gente del pueblo. Eso sí que creo que fue verdadero apostolado.

De allí, la verdad es que sólo pitó una supernumeraria, que salió de la obra años más tarde.

Estas actividades me daban gasolina para el resto del año. Así se hacía llevadera la vida.

Otro recuerdo que no quiero dejar pasar por lo que me marcó hace relación de nuevo a las visitas a los pobres.

Me encargaron que fuera con unas chicas de San Rafael a hacer una visita a un orfanato. Las chicas no eran amigas personales mías. Eran las típicas niñas del colegio de la Obra, no sé si hijas de supernumerarios o afines. Iban por el centro como por rutina. Había que tirar de ellas para que asistieran cada semana al circulo, meditación… Es decir, y no es menosprecio hacia ellas, que no tenían excesivo interés. Parece que se trataba de que se removieran un poco viendo la desgracia de fuera, en contraste con su vida acomodada.

Llegamos al orfanato y se nos pegaron nada más entrar dos hermanitos, el niño de unos 7 años y la niña de 3 ó 4. Aquello fue inenarrable. El niño era como un hombre adulto. Se sentían solos. El protegía constantemente a su hermana. En su cara se reflejaba una madurez impropia de su edad, una seriedad y una tristeza que no sé describir. A mi se me hizo un nudo en la garganta terrible. Hicimos de tripas corazón y procuramos hacerles reír y que sintieran cariño. Cuando nos fuimos, yo ya no pude más y sin poderlo remediar lloré hasta hartarme, sin pudor por las chicas, por la gente que pasaba por la calle…No podía parar. Las lágrimas salían a borbotones, con hipo…No entendía nada. ¿Qué hacíamos nosotras allí? Nunca más íbamos a volver. No pretendíamos solucionar nada. Me pareció cruel y absurdo que nosotras lleváramos una vida tan fácil y hubiera niños tan pequeños dándonos verdaderas lecciones sobre la vida. Me duró la impresión, pero como todo se fue diluyendo con el tiempo.

Interiormente yo no había cambiado mucho. Seguía sin ser yo, sin pensar por mi cuenta, sin tener criterio ni opinión. Pasé por la carrera como por un túnel, sin ver nada. Aprobé sin conseguir enterarme de nada, ¡una auténtica obra maestra! Mi autoestima era muy baja. Todo el tema apostólico me hacía sentir bastante inútil. En alguna ocasión volví a plantear mi deseo de abandonar mi condición de numeraria y siguieron insistiéndome en la gravedad de dar la espalda a Dios, en que aquella era mi vocación y mi sitio. De fondo no era feliz. Había muchas cosas que no encajaban. Yo me sentía mal, sólo sabía identificar mi dificultad para el apostolado. En cuanto a lo demás no era capaz de criticarlo de forma concreta. Ahora veo que no llevaba una vida de persona corriente. Salía a la calle e iba a clase pero vivía inmersa en una burbuja. Era como una niña, consultaba absolutamente todo sin adquirir nunca criterio…Vivía ajena a la situación política del momento, de transición democrática. La universidad estaba muy movida, pero aquello no iba conmigo. Yo tenía bastante con subsistir y obedecer.

De nuevo mi familia no casaba nada en mi vida. Mis padres fueron a visitarme en alguna ocasión y la situación era del todo extraña. Me encontraba en medio entre ellos y mis hermanas del centro, no me sentía parte de ninguno.

Me dolía que fueran como de visita a mi propia casa, que no pudieran ver mi habitación, que no pudiera invitarles a comer…Cuando se volvían yo me quedaba fatal, volviendo a sentir de una manera crudísima la soledad, la falta de verdadero calor humano. Otra vez me pasaba como en el centro de estudios. Llegaba al centro y había que volver a colocar la sonrisa de que todo iba bien, había que volver a interpretar.

Nunca podía hacer lo que me diera la gana, el día estaba completamente marcado. Tenía que dar cuenta de todos los minutos del día. No existía el cansancio. Había que aprovechar el tiempo y se trataba de estar en permanente actividad. Jamás me fui sola a dar una vuelta. No tenía aficiones personales…

Recuerdo a una compañera de clase, hija única, que mantenía una relación muy estrecha y buena con sus padres, pero notaba la falta de hermanos. Nos hicimos muy amigas, pero no compartía nada la forma de ver la vida de la Obra. Me invitó muchas veces a ir con ella a una casa que tenían en un pueblo cerca de Valencia, a ir a comer con sus padres, a pasar días en su casa, ya que estaba bastante sola. Nunca me permitieron nada de eso. Sólo pude pasar ratos estudiando con ella o dando una vuelta. Pero, como tampoco quería venir por el centro, era más bien una pérdida de tiempo.

En muchos momentos me empezó a pesar no tener vida propia, no tener ningún descanso, pero a mi aire. Esto también soy capaz de verlo ahora. Entonces sólo lo identificaba como un sentirme mal, sin saberle poner nombre.

En el centro había buenos ratos pero la relación era muy superficial. Yo tampoco podía manifestar mi dolor por la marcha de mis padres. Sólo me consolaba pensar, y lo hice muchas veces, que cuando se murieran ellos no me dolería nada, pues el dolor ya lo estaba pasando en ese momento.

Las muestras de cariño con ellos eran extrañas. No se les podía llamar por teléfono por aquello de la pobreza. Si estaba bien visto escribirles, pero la relación no era directa. Las cartas se leían previamente por la directora. Recuerdo que en centro de estudios me hicieron eliminar algo que les comentaba a mis padres en una carta.

No se podía tener detalles, en el sentido de regalarles nada. Lo que ellos te regalaban, no te lo volvían a ver porque había que dejarlo en la mesa de dirección.

Era imposible estar en los avatares de su vida. Recuerdo que operaron a mi madre de un oído y no me dejaron ir, ni siquiera llamar por teléfono. Lo tuvieron que hacer ellos. Estas cosas duelen hasta el infinito. ¿Y, qué sentido se les da? Pues que una le ha entregado al Señor las 24 horas del día y no tiene tiempo. Todo el tiempo y todas las energías se deben de gastar en el encargo apostólico que a una le han encomendado. Por otra parte, somos pobres, “somos padres/madres de familia numerosa y pobre”.

Si te duele excesivamente separarte de tus padres es porque estás apegada, y eso es una falta de generosidad con el Señor, es que realmente no te has entregado con total radicalidad, no has quemado las naves…

Ellos siempre me llamaban el día de Nochebuena para felicitarme la Navidad. Un año, me mandaron por Navidad a hacer el curso anual a Ampuero, un pueblo cerca de Santander, bien cerca de casa de mis padres. No me permitieron ir a verlos, así que ese año, lo que sí me permitieron es que les llamara yo por teléfono, con el fin de que no se enteraran de que estaba tan cerca de casa.

Me costaba la falta de libertad para tomar decisiones, todo había que consultarlo (gastos, empleo del tiempo, lecturas, estudios…) Pese a que todo, absolutamente todo se consultaba y cada semana se daba cuenta exhaustiva de la vida personal en todos los aspectos (pensamientos, deseos, tentaciones, acciones, omisiones…) nunca sentí que nadie me conociera realmente. Esto lo sufría especialmente el día de mi cumpleaños. Los detalles nunca me resultaron personales, como de quien te conoce bien. Me hacía sufrir mucho, aunque siempre pensé que era una egoísta y no sabía agradecer lo que me daban. Puede que lo hicieran con toda su buena voluntad, desde luego, pero también con gran desconocimiento. Quizá a mi me pasó lo mismo con las demás. Pido perdón por ello a las personas que han pasado a mi lado.

En la Obra nadie se supo adelantar a mis necesidades. Es cierto que yo debía ser quien marcara mis necesidades y mis límites, por lo que en gran parte me considero responsable de ello. Pero, creo que lo que voy a contar es un botón de muestra de la obra como familia, y por otra parte, de lo poco que se conoce a las personas…

Por otra parte creo que sí se llega al fondo de cada persona en cuanto a lo que puede rendir o dónde y cómo puede ser más eficaz, y esto se aprovecha bien. Se estira a la persona hasta que se rompe.

Esto me induce a ver malicia en el desconocimiento personal y falta real de amor cristiano y humano.

Mientras escribo este testimonio, muchas veces pienso, que la experiencia personal depende, en gran medida, de las personas con las que una ha vivido. Esto es cierto. Pero, como digo ahora, en la Obra, se llega a conocer muy bien, cómo es cada una y dónde puede ser más eficaz, lo que me hace pensar que no hay interés en ayudar a formar personas adultas, maduras y santas. Para mí este es un dato importante a la hora de juzgar al Opus Dei como perverso. Creo que hay más que falta de conocimiento o preparación en las personas que gobiernan. Es un estilo, un modo de hacer.

De lo que sí estoy segura es que no existe verdadero cariño humano, no se busca el bien de la persona, por parte de la obra como institución, representada por las directoras (consejos locales, delegación, asesorías)

No conozco ningún caso en el que la Obra se haya adelantado a parar a una persona en su actividad, antes de que fuera demasiado tarde, antes de que se rompiera. Esto supone para mí un gran motivo de escándalo

Creo que nadie esperaba un agradecimiento humano por su tarea, pero sí algo de humanidad. Conozco algunos casos que han dejado la Obra y se han escandalizado, dudando de su sobrenaturalidad, precisamente por esto, por su inhumanidad, por su desprecio hacia la persona destrozada e inútil ya para su labor.

Como muestra del desinterés en lo referente a mi persona, éste es un botón de muestra. Nunca fui al dentista en los quince años que viví fuera de casa de mis padres. Recuerdo que en el último año de carrera pasé un dolor de muelas terrible, y perdí uno de los parciales de final de curso. La directora, después de mucho quejarme, me llevó a un dentista amigo de su familia y sin más me sacó la muela. No sé si había otra solución posible, pero aquella era la más fácil y más barata. Me dolió que actuaran así conmigo.

Tampoco recuerdo ningún reconocimiento médico serio en todos esos años. Íbamos a la consulta de un médico de la Obra, aunque sólo lo recuerdo entre los años 79 y 82, en que residí en la administración de Albalat. Creo que nunca me hicieron análisis clínicos…

Años más tarde, comencé a tener un dolor muy fuerte en la espalda, que me bajaba por toda la pierna. Me llevaron a un traumatólogo, no sé si de la Obra o no. Sólo recuerdo la cara de pasmo que se le quedó cuando al desnudarme vio las marcas que el cilicio me había dejado en las piernas. No comentó ni palabra. A la directora se le iban y se le venían los colores, y yo me quería morir, por la marca del cilicio y por el pudor absurdo e impropio de una mujer de 30 años, al verse en paños menores delante de un hombre.

El médico, sin mediar radiografías ni más historias, así, ¡a ojo!, me dijo que tenía una pierna más corta que otra y que me pusiera un alza en un zapato. Ahí quedó resuelto para ellas mi problema. Naturalmente le dolor no cesó, pero me aguanté. Cuando abandoné la Obra, dependiendo de los esfuerzos físicos que hiciera, el dolor reaparecía con más fuerza. Resultó ser una hernia discal, que me tuvieron que operar el año 92.

Yo era una persona muy austera, jamás pedí nada, ni me creí con derechos. Era de las personas que intentó vivir el espíritu de la Obra con su infinidad de indicaciones al pié de la letra, sin permitirme conscientemente ningún escape. Para mi no había cosa pequeña. Todo era importante.

LA ADMINISTRACIÓN

Al terminar la carrera, te piden que hagas una propuesta profesional. Yo, como he dicho, no sabía si había cursado Pedagogía o Peritaje Mercantil. No tenía ilusiones profesionales. Creo que propuse dar clase en el colegio Guadalaviar, obra corporativa. También planteé preparar oposiciones… No sé.

Entre las propuestas, está bien visto, y por si no se te ocurre, te lo aconsejan…, es bueno decir que una está dispuesta a dedicarse a la administración de los centros de la obra. Yo también lo dije, y realmente con ilusión. Quería estar completamente disponible, y me apetecía. Tengo que decir que me gustaba y me gusta mucho el trabajo de la administración.

Por otra parte quería descargar económicamente a mis padres. Les había supuesto una carga costosa darnos a todos mis hermanos una carrera. Yo durante los cinco años de mi carrera, tuve que dar clases particulares para contribuir a mi sostenimiento económico. Me sentía incapaz de pedirles que siguieran manteniéndome mientras preparaba oposiciones o algo similar, por un tiempo indefinido.

El hecho de que todos en la Obra, fuéramos responsables de nuestro mantenimiento económico, es algo que he agradecido muchas veces, porque se aprende a ser responsable y a mi me produce gran satisfacción poder decir que no les debo nada. Mucha gente tiene la idea de que nos han pagado la carrera, como pasa en las congregaciones religiosas.

Aunque no creo que se nos exigiera el mantenimiento personal a cada uno como algo que favoreciese nuestro crecimiento personal, sino por puro interés pesetero. Siempre he comprobado cómo en la obra el dinero importa mucho. Todo era pedir y pedir y nunca dar. Pedir a las supernumerarias, cooperadoras, las propias familias… y todo era poco.

He conocido varias campañas de pedir dinero. Por otra parte, escatimar con los propios hijos de Dios en la obra, en su salud (conmigo sí que se gastaron un buen dinero cuando ya no tenía remedio y me aconsejaron ingresar en la clínica universitaria dos meses), en el tema laboral. Esto, además de tacañería, supone delito.

En la obra ha habido muchísimos años en los que no se hacía contrato laboral ni se pagaba el seguro social a ninguna numeraria ni auxiliar que trabajaran en la administración. A las auxiliares, no sé si actualmente también, se les asegura como empleadas de hogar, trabajadoras de una unidad familiar, de forma que el seguro salga más barato, y no tengan derecho a paro. Realmente, los centros no son unidades familiares sino empresas y tendrían que estar aseguradas en el régimen general, que es más caro y sí da derecho a cobrar el paro en caso de baja laboral o rescisión de contrato, por ejemplo, cuando una decide irse.

Me salgo completamente de mi historia, pero sí quiero aprovechar para comentar, sobre este tema, el caso de una auxiliar que acudió a mí queriendo abandonar la obra y le sucedió lo siguiente: ella estaba contratada como empleada de hogar en un centro. Tuvieron que operarla, y, antes de la operación la despidieron de ese trabajo y le dieron de alta en el régimen general, con el fin de que mientras estuviera de baja pudieran cobrar por ella la baja. Hay que añadirle el agravante de que estando de baja, a los diez días de la operación, le obligaron a levantarse a las seis de la mañana, como a todas, para hacer todas las limpiezas, como si estuviera bien. Más adelante quisieron que fueran sus padres los que corrieran con los gastos de su rehabilitación.

¡Si esto es una familia que baje Dios y lo vea! Una vez más se vuelve a repetir mi teoría de que la obra ve lo que quiere, y siempre actúa en beneficio propio y perjudicando a los que son sus hijos. Una vez más me resulta patente la malicia.

En cuanto al tema del dinero, a mí también me dijeron el año 79 que fuera al UNIV, y quisieron que les pidiera el costo del viaje, a mis padres. Me sentí incapaz de hacer semejante cosa, con el sacrificio que ya les costaba mantenerme. Esta, por cierto, fue una experiencia espantosa, en gran medida por lo que tiene de agresividad proselitista esta convivencia, cosa que yo no me sentía capaz de ejercer. Entonces, esta incapacidad la interpretaba como inutilidad y no como inmoralidad o incapacidad moral.

Las visitas a Villa Tevere y Villa delle Rose, me dejaron una profunda sensación de miedo y desazón interior, siempre con la sensación de tener que estar a la altura, comportándote de una forma rígida, y yo, con la certeza de que antes o después metería la pata. Todo estaba controlado, guiado…No me sentí para nada en casa, no ví ningún calor humano, descomplicación, acogida sincera…Yo me sentía permanentemente como amenazada y vigilada.

No pitó ninguna de las que iba conmigo, y me vieron tan descolgada que me mandaron a dar paseos por Roma con las descolgadas como yo, en vez de ir a más tertulias con el Padre. Yo, interiormente, sentía que algo iba mal en mí, no que no era mi sitio. Recuerdo que me asignaron una numeraria para que recibiera mi charla en la convivencia. Ni que decir tiene que me tuvo que perseguir porque yo no quería tener que comentar semejante tapón interior a una persona a la que no iba a volver a ver, y era absurdo decir que todo iba bien, cuando era evidente que no era así. No tuve más escapatoria y me agarró por las bravas en el autobús ya de vuelta para España. Ahí no había posibilidad de escapatoria.

Por otra parte, podría decir que he recibido una formación humana, doctrinal… Francamente, lo humano, creo que cada uno lo llevamos dentro y en la obra se puede dar el ambiente adecuado para practicar ciertas virtudes, como por ejemplo, la austeridad, la responsabilidad, el espíritu de trabajo… Yo crecí humanamente, pero porque la exigencia era mía, surgía de mi interior. Sólo cuando se asume este crecimiento de forma libre y personal, se crece humanamente. La imposición supone una atrofia en la persona y antes o después ésta salta.

En cuanto a lo doctrinal, puedo decir que no me caló realmente en mi interior nada. No eran conocimientos que dieran otra visión a mi fe, a mi vida espiritual. Era más bien, como una peluca, un postizo que te colocas, pero que no forma parte de ti. La formación doctrinal y espiritual que recibí no contribuyó para nada a tener una experiencia profunda de Dios. Eso lo he conocido después, a mi salida del Opus Dei.

Lo que sí creo que he aprendido en la Obra es a trabajar bien cuando viví en la administración. Me gustaba la forma ordenada y responsable de trabajar, y el hecho de que cada una escribiera la praxis del servicio por el que pasaba con el fin de facilitar el trabajo de quien continuase con el mismo.

Siguiendo con la formación doctrinal, sí que recibí de la Asesoría, cuando lo pedí, el certificado con las calificaciones de todo el bachiller teológico. Me quedé de piedra, porque figuraban unas notas estupendas, que jamás conseguí ni en la carrera ni en el bachiller. Puedo decir al día de hoy que no me queda nada, absolutamente nada de dicha formación.

Con mi estancia de tres años en Tetuán, y hasta que acabé la carrera, se terminaba otra etapa en mi vida.

Volví a sentir el alivio de cuando dejé el centro de estudios. Cambiaba de casa y de tarea. Seguro, que estaría mejor. Ahora me doy cuenta de que mi estado interior iba permanentemente a peor con el paso del tiempo, pero parecía que mejoraba algo al cambiar de ciudad, situación, centro, personas… Al poco tiempo volvían a aparecer los síntomas, cada vez más agudos, de que algo no iba bien en mi vida.

Así pase a vivir en la administración de Albalat, del centro de estudios de los chicos.

Ese año fue fantástico. Lo recuerdo como un vivir para dentro, con un trato con el Señor más íntimo o más dulce, más sereno. Me entusiasmaba la rutina de las tardes enteras planchando camisas, en silencio o en conversación con las auxiliares.

Mi cuerpo agradeció un trabajo físico duro, movimiento, cansancio… porque luego descansaba mejor.

Desapareció la tensión constante de buscar pitables debajo de las piedras. Si embargo, a lo largo de ese año tuve bastante relación con una antigua compañera de curso y salía solo el hablar de lo entusiasmada que estaba con mi vocación, con mi tarea: encontrar a Dios en las tareas sencillas, humildes, escondidas. Buscar sólo Su contento y aprobación… Fue una especie de experiencia mística. Creo que este fue el único verdadero apostolado que hice en todos mis años en la obra.

Por otra parte, ya había aprendido a vivir en un centro. Ya no chocaban tantas cosas que he comentado anteriormente. Las asumía con más naturalidad.

Conocer a las numerarias auxiliares fue también algo fantástico. He conocido personas de una talla humana y espiritual tremenda, y me gustaría nombrarlas para rendirles un pequeñísimo homenaje. Entre ellas, y posiblemente me olvide de muchas, están María del Moral, Charo Pascual, Marian Andrés, Rosario Lázaro, Lute, Mari Pernía, Isatxu Abin, Nati Pagés, Charo y Toñi Piñeiro, Sinda Vazquez, Deme San Andrés, Carmina Calvelo, Salomé, Conchin Moliner, Basi Díaz, Lola Fernandez, Mª Carmen Castro, Mercedes Sales, Maru Sala,…Hay muchas de las que me acuerdo y he olvidado sus nombres. En los últimos años tomé tanta droga que tengo verdaderas lagunas de memoria.

De todas estas personas recibí mucho cariño. Por ellas sí que me sentí verdaderamente acogida. Con ellas sí que tuve la experiencia de familia.

Quizá también me hacían sentir importante. Era la primera vez que me sentía presente y valiosa.

Cualquier numeraria era un poco la referencia para ellas. Aunque no tuvieras ni idea de nada, la delicadeza era exquisita para enseñarte sin que te sintieras humillada o ignorante. Te consultaban cualquier modo de hacer, aún a sabiendas de que no tenías ni idea. Hace falta auténtica categoría humana para vivir así. A mí, esa sencillez, y ese cariño me facilitaron mucho la vida. No me costó quererlas mucho y creo que puedo decir que las quise mucho a todas las que conocí.

Sí que había numerarias auxiliares con espíritu infantil, por otra parte, necesario muchas veces, para ser grata a algunas directoras.

Yo, el primer año, sólo me dediqué a disfrutar, disfrutar de la rutina del horario, del cansancio del trabajo físico, de la sencillez de las auxiliares, de la tranquilidad en la vida de piedad…

Ese año hice la fidelidad en el colmo del fervor por mi entrega al Señor.

La fidelidad iba precedida del testamento manuscrito, en el que se dejaba a disposición, no de la Obra, no, sino de una serie de personas o entidades, todos tus bienes. Te daban un modelo que se debía copiar sin ninguna equivocación, con letra meridianamente clara. Yo lo tuve que repetir como 6 ó 7 veces. Estaba ya aburrida. A pesar de eso, como nadie me explicó, (reconozco que yo tampoco lo pedí. Simplemente me fié) no me acuerdo de nada, ni de las personas a las que yo dejaba mis bienes, ni qué significaban muchas expresiones que para una persona de a pié no son habituales. Yo entonces tenía 24 años. Ni que decir tiene que no me quedé con ninguna copia del mismo. A mi salida de la Obra, lo pedí varias veces y ni siquiera me respondieron, simplemente no me lo dieron. Tuve que volver a un notario para hacer uno nuevo e invalidar el anterior.

Este es otro detalle en el que se puede valorar la confianza que yo y muchos pusimos en la Obra como verdadera familia. Nos saltamos todas las medidas de prudencia que se deben tomar a la hora de una decisión importante, como conocer perfectamente a qué nos comprometemos y leer de forma exhaustiva el documento que vamos a firmar.

Yo actué como lo hice porque me fié absolutamente, como lo hubiese hecho si mi padre me hubiese pedido que firmara aquel testamento. Porque sé que me quiere, a su modo, pero me quiere. De las personas que representaban al Opus Dei en ese momento, pensé lo mismo. Años más tarde comprobé que no había cariño, ni familia, ni nada.

De ese año 1980, recuerdo bien el curso de retiro. En general tengo gratísimo recuerdo de los cursos de retiro. Muchos los hice en Torreciudad, en los meses de invierno, cuando no había un alma por allí, corría un aire helador que te cortaba la cara, y se disfrutaba de una vista fantástica de los Pirineos nevados al fondo del pantano. Cinco días de absoluto silencio, para mí eran una delicia.
Poder disfrutar de una casa tan bonita, decorada con un gusto exquisito, aquel olor a madera y a cera, los detalles de la administración cuidados al máximo, todo en orden, perfecto, la comida caliente y en su punto, cosa no habitual en los centros de la sección femenina. Yo puedo decir que sólo he comido bien en los centros en los que había numerarias auxiliares.

Ese año, 1980, el curso de retiro fue especialmente fuerte para mí, y creo que el momento supremo de mi holocausto. Nunca más volví a tener tentaciones de abandonar la obra, mi vocación. Aquello sí que fue una entrega total, anulando mi persona de forma radical, exigiéndome una entrega absoluta. Allí enterré mi ser personal para disolverme en la masa del Opus Dei.

Aun conservo algunas notas que tomé y en las que decía cosas como: “He descubierto que mi vida no es mía, mi vida no es para mi. Le debo una lealtad absoluta a la Obra”. “El Señor me ha pedido la vida, el corazón entero. Tengo que renunciar a todo lo mío, que no sirve. Tengo que tener menos compasión conmigo, poner todo lo que soy, tengo y hago, al servicio del Señor” “No tengo derechos. Le he dado al Señor mi forma de pensar y mi forma de ser” “Tengo que salir de mi, olvidarme de mí, por los demás. Lucha decidida contra mis defectos” “Los demás siempre tienen derecho a enriquecerse de mi”…

Hago referencia al Señor, pero luego todos los propósitos se traducían en una entrega ciega y rendida a la obra a través de sus directores. Me planteé la vida como una negación de todo lo mío, una renuncia a todo, un sacrificio absoluto por la obra…

Crecer en el amor de Dios suponía pisar todo lo que fuera personal (todo era soberbia, egoísmo…), dudar del propio juicio, obedecer todas las indicaciones de las directoras. Era una negación y una imposición más que una descomplicación del alma y un crecer en libertad interior. La vida interior se reducía a cumplir las normas y costumbres conforme se indicaba por el Padre y los directores…Era más una contabilidad que un crecer en la infancia espiritual de que hablaba Santa Teresa del Niño Jesús.

Yo creo que poco a poco, a partir de este momento, me fui complicando interiormente, haciéndome rara, cuadriculada, maniática de las “cosas pequeñas”.

Me debieron ver en disposición excepcional, y me nombraron subdirectora del centro, cargo en el que permanecí los dos años siguientes.

Aquí comenzó nuevamente mi calvario. Puse los pies en la tierra, y llegaron los desencuentros. Choqué con la directora, a la que no veía coherente ni entregada. Este era un tema personal suyo, por lo que no voy a abundar en él.

Las reuniones del consejo local muchas veces consistían en cotillear y hablar con poca caridad sobre las personas. Reconozco que me chocaba, pero también pensaba que si la directora llevaba tantos años en consejos locales y era muy bien considerada por la delegación, a mi me faltaría algún dato.

Recuerdo que una auxiliar, que estaba pasándolo fatal, le escribió por su cuenta al Padre, sin entregar la carta para que se mandara a través de la delegación, y la bronca que le cayó por parte de la directora fue monumental. Había gran preocupación por el qué dirían en la delegación y la asesoría, más que por la situación de la persona.

Nuevamente al contar esto, veo que los fallos con los que topé se debían en gran parte a las personas más que a la Obra como institución, sin embargo, no eximo a la Obra de su responsabilidad, porque nunca vi que se actuara con claridad, transparencia y verdadera fraternidad cristiana. Todo eran dimes y diretes por aquí, consultas a la delegación… Ellas actuaban por su cuenta sin que tú te enteraras… ¡Un lío!

Lo que sí puedo decir es que no se vive como en una familia, en la que se puede hablar abiertamente y a la cara, con cariño, en la que se pueda dar una reconciliación clara y sincera.

Yo, hice saber en delegación lo que me pasaba con la directora. Siempre se me recomendaba que rezara, tuviera paciencia…El sacerdote del centro, un recién ordenado con exceso de celo, me molía tachándome de soberbia. Ahora veo que se debiera haber actuado con más transparencia. Como yo no llevaba su charla personal, no tenía libertad para decirle abiertamente lo que pensaba de ella, lo que creía que estaba mal…

En la Obra no se vive un cariño abierto y transparente. Siempre tiene que haber alguien haciendo de árbitro, quizá para controlar y estar al tanto de lo que pasa en cada casa. Eso hace que la convivencia sea retorcida y difícil.

Dos recuerdos que uno a este tema son, por una parte la complicación del correo interno que los centros tienen con la delegación. Ya no recuerdo cosas concretas, pero sí que me chocó que hubiera claves para hacer distintas cosas, creo que con el fin de que si aquello caía en manos de una persona ajena, no se enterara de lo que ponía. Por ejemplo, si se nos hablaba de un tema de una persona, el nombre de la misma iba en otra hoja separada. Quizá todo esto se pueda ver como medida de prudencia. Yo más bien pensé en retorcimiento y complicación, excesivo misterio, manía persecutoria. Por otra parte, el correo siempre se lleva en mano ya sea al centro o a la delegación, incluso cuando los centros están en una ciudad distinta a la delegación.

Aquel año tuvimos una comisión de servicio, o una visita de una directora de la Asesoría Central, para comprobar cómo se vivía el espíritu. No conocí ninguna antes, ni después. Tengo un recuerdo penoso. Aquello no fue una visita de familia. Se creó un ambiente tensísimo en la casa. Todo debía estar perfecto, la casa, los uniformes de las auxiliares, las sonrisas bien colocadas. Había que tratarla de usted…A mí, con semejante ambiente ni se me ocurrió plantearle mis problemas con la directora. Más valía malo conocido, que bueno por conocer.

Entre los recuerdos personales, me vienen a la memoria dos que hacen referencia, al cariño por la propia familia y el desapego.

Mi hermana vivió en Valencia, con una beca de investigación, los dos últimos años que estuve en este centro. Reconozco que yo, en mi éxtasis, no le hice ni caso. Entonces no compartíamos nada. Ella se alejó completamente de la iglesia y de la fe, tras su experiencia como numeraria. Yo, las pocas veces que estuve con ella, me dediqué bien a examinarla y recriminarla por su vida descarriada. Es cierto que nadie me dio el encargo expreso, pero todo, los medios de formación, los estudios doctrinales… nos hacían ver que la verdad era una, y nosotros estábamos en posesión de ella. Reconozco, y pido perdón por ello, que fui despiadada y dura. Pero, creo que lo peor fue el dejarla absolutamente sola, e ir yo a lo mío.

Ella se sentía muy sola y mi madre vino algunas temporadas a pasarlas con ella. Una de estas veces, coincidió que era el cumpleaños de mi madre. Quise comer con ella, ya que mi hermana no iba a poder por su trabajo, y no me lo permitieron. Me dolió infinitamente. Sólo pude estar con ella un ratito por la tarde. No había razones reales, así que tuve que mentir, fingir mi grandísima ocupación, y además estar animosa y alegre para que mi madre no se preocupara por mí. Me pareció cruel y absurdo.

Aquel año, mis padres cumplían sus bodas de plata. Volví a pedir permiso, prueba patente de la madurez y libertad con la que las personas actúan en la Obra. Estaba mal visto decir esto: “que se pedía permiso”, porque en realidad, según decían, no se pide permiso, “se consulta, se comenta lo que se piensa sobre un asunto”…, pero luego, debes hacer lo que se te dice, y no en virtud de la obediencia, sino porque eres libre de elegir, y eliges lo que Dios quiere, que es lo que se te dice. Total una complicación, que esconde un retorcimiento absoluto de conciencia.

Bueno, pues tras mi consulta, me dijeron que se debía consultar, a su vez, a la delegación. Después de varios días, la directora me comentó que lo normal en estos casos era no ir a esta celebración, pero que como yo no tenía problemas de apego a la familia, sí podría pasar el día con mis padres. Así que, en virtud de la pobreza, me pusieron en un avión la víspera de la celebración por la noche, con el cometido de volver al día siguiente del aniversario por la mañana.

Ni que decir tiene que lo pasé fatal y hubiese sido mejor ni aparecer. Nadie en mi familia entendió mi forma de actuar. Les parecí absurda y provocadora. Me comentaron si era ministra y no disponía de más tiempo…Mis hermanos no me dirigieron la palabra, ni para saludarme, ni al estar, ni para despedirme. Yo había hecho méritos para ganarme la fama de fanática impertinente, y acabé de colocar la guinda.

En cuanto a la vida de las auxiliares, creo que el trato que se les daba, dependía en gran parte del modo de ser y ver la vida de la directora.

Chocaban cosas, como el tener que tratarnos de usted, pero como era algo establecido por el Padre, pasaba a formar parte de lo que en algún momento tendría su explicación. Comían en distinto comedor, con vajilla distinta…pero estos detalles tampoco los viví como algo humillante, ya que las vajillas eran de la misma calidad, y lo del comedor podía resultar algo puramente organizativo. En ese centro las que no teníamos comedor propio éramos las numerarias.

Una cosa que no entendí nunca era el hecho de que las auxiliares normalmente no hacían nada solas. En las compras, paseos, encargos apostólicos… siempre estaba la escopeta de turno, que era una numeraria.

Yo tuve que acompañar a una auxiliar a ver a sus padres, unos días a Cataluña. Ella acababa de salir del centro de estudios, pero era de más edad que yo. Lo pasé fatal porque realmente no pintaba nada allí. Tuve que mentir y decir que estaba allí por otros asuntos. Se trataba de controlar que la auxiliar no se descaminara. Una vez más la constatación de la falta de convencimiento personal. Esto se hacía con todas las auxiliares.

Si uno está en la Obra porque quiere ¿a qué viene ese control? Esta auxiliar tenía 28 años, creo que edad suficiente para saber lo que quería. Sin embargo, eran las “hijas pequeñas del Padre”. Se les fomentaba ese infantilismo, llevando hasta el extremo la desconfianza por el propio criterio, haciendo que se consultase absolutamente todo y cultivando la reverencia excesiva hacia las numerarias.

La administración es verdaderamente la antítesis de la vida normal de una persona de la calle. Si una numeraria, como me había pasado a mí, no tiene vida propia, ni aficiones personales, ni tiempo libre…, esto se lleva al extremo cuando hablamos de las numerarias auxiliares.

Para mí el primer año en la administración fue terapéutico por mi situación anterior, pero cuando uno es consciente de que ésta es la vida, año tras año, de todas las auxiliares… resulta verdaderamente heroico, (eso, si aporta algo a la persona como tal), y creo que también inhumano.

Para ellas jamás había descanso. Toda la casa llevaba un ritmo. Había un horario para todas y no había forma de escaparse de él. Las numerarias, sobretodo si formábamos parte del consejo local, podíamos tener algún escape, algún tiempo en el que desaparecer, una excusa para romper la rutina.

El horario consistía en: levantarse, pasar a la limpieza de las zonas comunes de la residencia, oración, Santa Misa, desayuno, cambiarse a todo correr para pasar nuevamente a la limpieza del oratorio de la residencia o preparar los desayunos, seguir con la limpieza de habitaciones, a la vuelta, cada quien a su servicio (office, cocina, planchero,,,), o lectura espiritual, comer, de nuevo cada quien a su servicio, cambiarse para la tertulia, normas de piedad (oración, rosario, charla personal, confesión…), de nuevo al servicio de cada una, cena, turno de office o cocina, o servicio propio, tertulia, examen y a dormir (por suerte, ellas sí en colchón). Así se sucedían los días.

Los sábados y domingos eran más descansados, y por la tarde atendían la cocina dos auxiliares y una numeraria, que se quedaban de turno. El resto atendían una labor apostólica. Para nada cada una descansaba su aire. Verdaderamente, para las auxiliares no había vida personal. No se concebía que nadie se diera un paseo, sola. Todo era guiado y acompañado.

En otro centro en el que viví, recuerdo que el médico aconsejó a una auxiliar que hiciera deporte por un problema de columna. A la auxiliar se le puso una cesta de baloncesto en la azotea de la casa para que practicase un rato los domingos por la tarde ella sola. Entre semana era inconcebible ningún descanso, ninguna práctica deportiva. No había tiempo ni para leer el periódico, como no fuera que se llegara un minuto antes a la tertulia y se aprovechara para ello.

Al llegar la directora a la tertulia, todo el mundo se pone de pié y no se sienta hasta que ella lo hace (verdaderamente, detalle de familia normal).

Dependían del centro nuestro, las administraciones de las dos delegaciones y de un centro de supernumerarios. En estas administraciones no había ningún cuarto de estar propiamente dicho, con un sofá cómodo, luz agradable (en todos los que yo conocí, sólo disponían de luces fluorescentes). El lugar donde se hacían habitualmente las tertulias, donde se hacía la vida de familia, era el planchero, que no era precisamente un cuarto de estar agradable y cómodo. Las auxiliares cuando eran más mayores, tenían que seguir el mismo ritmo. Por las tardes, fuera del tiempo de tertulia, no había lugar para el descanso, algo habitual para cualquier mujer de su edad.

No soy consciente, por ejemplo, que a nadie se le planteara leer un libro o practicar cualquier afición, como pintar, oír música…

Ahora lo pienso, y veo que era inhumano, pero entonces, yo tampoco caí en la cuenta.

Viene a mi recuerdo una corrección fraterna que me hicieron en una ocasión en la que no estaba la directora y yo “hacía cabeza”.

Iba a venir la directora de la delegación a una tertulia a nuestro centro. Llovía bastante y no había nadie en la casa que condujera. Nuestra casa estaba como a cinco minutos de la delegación. A mi, ni se me ocurrió que había que ir a buscarla en coche, por la distancia ridícula que nos separaba, a pesar de que lloviese. Me dijeron que debíamos haber ido a buscar a la directora en coche, porque se la debía de haber tratado como si fuera el Padre.

Me ponía bastante nerviosa ese trato tenso, lleno de una cortesía impropia de una familia, sobretodo porque yo no acertaba nunca. No sabía cómo compaginar el trato distendido y normal con los detalles corteses y estirados, con tanta diplomacia y protocolo. Sí que me parecía que la directora de la delegación se merecía un respeto, pero no me parecía tan grave que viniera andando y se mojara un poco los zapatos, como todo hijo de vecino. De hecho, fui yo personalmente a buscarla y me mojé igualmente.

Quizá estoy equivocada, pero traigo a colación este detalle porque creo que eran más las ocasiones en las que el trato era tenso, de excesiva cortesía y servilismo, que un trato lleno de normalidad, de dar ejemplo de entrega, de ir por delante en el servicio…

En cuanto a mi situación personal, ya comencé a pasarlo mal. Mi cuerpo empezó a gritar, pero yo no le entendía. Empecé a tener pesadillas por la noche y en dos ocasiones, me levanté sonámbula. Una de ellas, me caí de bruces de la cama, despertándome angustiada sin saber dónde estaba. Lo conté pero nadie le dio importancia, y yo tampoco. Era incapaz de analizar lo que pasaba en mi interior.

Así pasaron los dos años de subdirectora, y me propusieron ser directora de la administración del centro de estudios de chicas. Allí no había numerarias auxiliares, sino niñas, auténticas niñas de 13 y 14 años, estudiantes de la escuela hogar. A mi me dio pavor la idea y así lo hice saber, pero no me tomaron en serio. Debieron pensar que se trataba de falsa humildad, y nada más lejos de la realidad.

Realmente no recuerdo nada de su condición laboral. No sé si cobraban algo o con su trabajo en la administración, se pagaban sus estudios y su manutención. Creo que estaba verdaderamente aturdida y me sobraba con mi tarea de contribuir a que se viviera el espíritu de la Obra en el centro y que pitaran las chicas. Por cierto, pitaron dos y despitaron a los pocos meses. Yo era un desastre para presionar y engatusar.

Yo no sabía mandar, me sentía incomodísima sintiéndome el centro de nada, siendo quien diera criterio, marcando la norma… Por otra parte, creo que tampoco tenía claro cómo se debían hacer las cosas, ya que en muchas ocasiones nada tenía que ver lo que yo pensaba con el criterio de la Obra. ¿Cuándo llegaría a entender en virtud de qué criterio, unas veces se decía una cosa y se hacía otra?

Yo, seguía teniéndome en muy baja estima y consideración. Pensaba que cualquiera era mejor que yo y no me sentía cómoda teniendo que decir a nadie qué debía hacer…

Con verdadera angustia me incorporé a mi nueva casa, después de atender un curso anual de auxiliares adscritas. Era el verano de 1982. Vivíamos cinco numerarias y las estudiantes de la escuela hogar.

Recibimos en noviembre la noticia de la aprobación de la Obra como Prelatura Personal, y la multitud de escritos explicándonos en qué consistía, a los que yo era ajena completamente. Realmente, estaba fuera de mi sitio. Sentía que no estaba a la altura del momento, que parecía crucial para la Obra. Sí tenía claro que aquello suponía el fin de los votos, el dejar de depender de la Sagrada Congregación para los Religiosos… pero bueno…

Mi cuerpo seguía gritando. En Navidad tuve un acceso brusco de fiebre sin ninguna explicación, que remitió enseguida. En enero fui a mi curso anual y allí se rompió definitivamente la cuerda.

Aquí hago un inciso para hablar de los cursos anuales. Yo, por mi talante era de las numerarias de tropa, es decir que nunca me tocó hacer un curso anual en casas paradisíacas, lejos del lugar donde se vivía o en el extranjero y en los cálidos meses de verano. Esto se comentaba alguna vez entre las numerarias y en tono de broma. Parecía que a estos cursos anuales acudían las numerarias ilustres, las que se merecían un premio o las que había que conquistar de nuevo tras algún tortazo de la vida. Normalmente, era del dominio público esta interpretación.

Recuerdo que una amiga ex numeraria, me contó cómo le ofrecieron ir de curso anual a Perú cuando estaba en plena crisis.

Yo tengo que agradecer que nunca me mandaran a estos cursos. Casi siempre me tocó hacerlos en casas sencillas, y en los fríos meses de invierno. La gente que asistía solía ser más normalita y para mí más fácil de tratar. Nunca coincidí con estrellas de la cultura, de los primeros tiempos en la Obra, de la alta sociedad…

Esto me da pié para hacer ver cómo en la Obra se trata distinto a según quien. Esto, en realidad pasa en todas las familias, pero en la Obra, el motivo para tratar de forma distinta a unas u otras, no era precisamente el cariño o el facilitar el camino de santidad, sino los intereses de reconducir al camino con paños calientes, aún favoreciendo manías y rarezas, premiar a las numerarias inmaduras y raras pero de familias ilustres o importantes para la Obra….

Hay muchos criterios para todo y también, todas las excepciones que haga falta, para justificar su incumplimiento cuando conviene. Conmigo no convino nunca nada. Tengo la sensación de haber sido un verdadero burro de carga. Yo me dejaba poner encima peso y peso… y como nunca protesté, pues me cargaron hasta que me rompí.

Lo cierto es que soy una persona muy activa y con gran capacidad de trabajo. Me gusta la actividad. Pero, también pensé que tenía unas hermanas que me querían, que se adelantarían a mi cansancio, que velarían por mi salud, que no dejarían que me rompiera… y no fue así. A veces, fallaron las personas por incapacidad, sin malicia. Pero, siempre, año tras año, falló el Opus Dei, que jamás vio en mí a una persona, menos a un alma, a una hija de Dios. Abusó de mí y me tiró como a un desperdicio. Ese es para mí el gran escándalo del Opus Dei.

Dentro de estas excepciones, de las que hablaba, están también las numerarias a las que se les permite llevar una vida sin ningún control, inmersas por completo en banalidades, ocupaciones absurdas y frívolas, con el pretexto de influir en un tipo concreto de personas, que también son hijos de Dios, y, yo añadiría que tienen buenos talonarios en los bolsillos y un dedo que todo lo que toca lo convierte en poder.

He conocido numerarias a las que se les “invitó” a dejar su carrera de cantante lírica, o azafata de vuelo, porque no era compatible con su vocación. Sin embargo, hay otras, por todos conocidas, para las que todo vale. Eso sí, una de ellas, es heroica. Hace poco comentaba en una revista que “desayuna el pan duro del día anterior”. ¡Es todo un mérito!.

Jamás he conocido que se hayan dado estas excepciones para trabajar por los pobres y los desheredados de la tierra.

Sigo con el curso anual…

La casa donde nos alojábamos creo que pertenecía a la diócesis. El pueblo era Calamocha, un helador, pero agradable pueblo de Teruel. Administraba una señora. Lo hacía muy bien pero, lógicamente aquello no tenía nada que ver con Torreciudad, Castelldaura, Pozoalbero… La casa era muy sencilla y la cocina casera. A mí me encantaba. Me encontraba muy a gusto.

Una mañana, me desperté angustiada por una pesadilla, pero la sorpresa fue mayúscula cuando, en la vida real me seguía persiguiendo el terror de la pesadilla. Era algo que no podía quitarme de encima por más que razonara. Enseguida lo comenté con la directora del curso, que en principio, no le dio importancia.

Viendo que seguía verdaderamente angustiada, me comenzó a preguntar si realmente era sincera, si abría mi alma con total sinceridad o me reservaba algo, si había algo en lo referente a la pureza….

Ahora mismo, a este detalle no le veo malicia, pero esta fue la tónica siempre en la Obra. Ante cualquier problema, siempre es uno quien tiene la culpa. Eres tú quien fallas en algo y además escondes perversiones ocultas.

En todos mis años posteriores hasta mi salida de la Obra, me quedó claro que yo era la responsable de todo lo que me pasaba. Siempre se trataba de falta de entrega personal, de soberbia… Nunca falla el sistema.

Por otra parte, nadie analizó mi vida, mi situación. En ese momento, me echaron encima la carga de vicios o perversiones ocultas, que me atormentaron aún más. Luego, más adelante se trató de pensar que lo que me pasaba era una enfermedad que me había tocado por la gracia de Dios, algo ajeno a todo. Era más o menos como si me hubiese caído, sin que nadie lo provocase, un rayo del cielo y me hubiese cortado un brazo. A partir de aquel momento, tendría que vivir con aquello porque era designio de Dios.

Esto, ahora me parece una aberración, y hoy, culpo a la Obra y sobretodo, a los profesionales médicos que me trataron, por su ceguera, creo que maliciosa y perversa.

El resto del curso anual fue de terror. No dormía nada por el miedo. Comencé a temblar sin poderlo controlar, se me tensaban todos los músculos del cuerpo, me seguía persiguiendo la sensación de miedo atroz. Creí que me iba a volver loca, que iba a perder el control de un momento a otro.

La vida de familia, en el curso, era un puro fingir, lo que aumentaba mi tensión. Me ayudó mucho la numeraria que llevaba mi charla fraterna, que era especialmente maternal y descomplicada. Acudía en su busca cada cuarto de hora para que me ayudara a serenarme. Le estoy muy agradecida. A pesar de todo, la directora del curso, había infundido en mí escrúpulos, de falta de sinceridad, de vicios ocultos contra la pureza… y yo me rompía la cabeza buscando una explicación.

En esta situación volví a mi casa y aguanté cuatro meses, interpretando el papel de directora normal.

También tengo que agradecer a la que entonces fue la subdirectora, por las noches que durmió en el suelo de mi habitación, debido al terror que yo sentía sola por las noches. Creía que me iba a morir al cerrar los ojos para dormir.¡Fue terrible!.

Me llevaron al médico habitual, que me diagnosticó, cansancio, y me recetó reconstituyentes y vitaminas. También me dieron algunas pastillas para dormir.

En abril, ya no se sostenía la situación y me mandaron a descansar a la Lloma, casa de retiros, cerca de Valencia. La directora de la casa era la misma numeraria que había atendido mi charla en el curso anual. Allí permanecí dos años.

Al principio, dormí y dormí, paseé, me dediqué a no hacer nada más que estar y me fue bien. Poco a poco me fui incorporando a la vida ordinaria de la casa. Me fueron encomendando tareas y trabajos.

Colaboré con la numeraria auxiliar que hacía la repostería y disfruté. Era una mujer muy creativa, una artista, de gran delicadeza conmigo, a la que tengo que agradecer muchos buenos momentos. Ella también pasó por las manos de psiquiatras y sufría momentos duros de depresión. Ahora les doy la misma explicación que doy a mis desequilibrios. No sé qué será de ella en estos momentos.

En este centro el modo de ser de la directora daba un tono diferente a la casa. Era una persona de mente más abierta, nada controladora, ni cuadriculada. El trato con las auxiliares era mucho más normal.

La rutina del horario la cortaba bastante el cambio de actividades en la residencia. Cuando la residencia estaba llena, el trabajo era constante. Pero, cuando había cambio de tandas se relajaba el horario y la vida era muy agradable. Se hacía una limpieza especial en la que participaba casi toda la casa. A media mañana, la repostera sacaba todas las sobras y se organizaba una buena tertulia de descanso mientras se reponían fuerzas.

La directora procuraba que la limpieza se terminase pronto y se aprovechaba para salir al campo, comer en el jardín o la piscina si hacía buen tiempo, ir a Valencia a dar una vuelta… Estos cortes en la vida diaria se agradecían mucho. Por otra parte, esta persona daba bastante paso a iniciativas personales.

En la zona de la administración había piscina y, recuerdo que en verano, se disponía de un tiempo por la tarde para poder bañarse y tomar el sol. La vida era más humana. Durante los meses de junio y julio había cursos anuales de numerarios y se agradecían las meditaciones de sacerdotes ilustres o mayores en la Obra. Estos, sí que eran los cursos anuales de los que hablé anteriormente.

En el curso anual una se relaja, se ve la vida de un color alegre y esperanzado, y los temas de las meditaciones eran gratificantes, llenos de anécdotas entrañables o divertidas. Son momentos que vienen a mi memoria con mucho cariño.

Otro buen recuerdo que tengo de esa casa es de un sacerdote muy mayor que pasaba grandes temporadas solo en la zona de invitados. Había vivido los primeros tiempos de México. No sé si vivirá aún. Se llamaba D. Teodoro. Era una persona santa, de esas que una agradece haber conocido. Estaba lleno de normalidad, buen humor, y descomplicación. Era de esas excepciones, que como tal, no volví a encontrar. No sé si porque ya era mayor, pero era de los que saludaba con una amplia sonrisa y con normalidad, mirándote a la cara, cosa nada común en los sacerdotes, por aquello de la separación entre las secciones. Salía en bicicleta por la zona y tenía mucha relación con unas familias de gitanos que se habían instalado en las inmediaciones. Esta era otra “rareza” muy de agradecer.

Confesarse con él era un descanso, y en las meditaciones que predicaba siempre hablaba del amor de Dios y de los ángeles. Todo se reducía a eso. ¡Gracias D. Teodoro, donde esté!.

A lo largo de los dos años que pasé en La Lloma, tuve temporadas de altos y bajos. En general, la vida de la casa fue agradable. Conservo un cariñoso recuerdo de su directora, pero creo que nunca comprendió mi problema. Por lo que ahora recuerdo, creo que pensaba que yo estaba enferma, con una enfermedad totalmente independiente de mi persona, que mi situación no correspondía a una crisis interna, a un problema vital de incoherencia entre lo que pensaba, sentía, vivía….

Yo también estuve convencida de ello, y recuerdo mi oración delante del sagrario, en un llanto constante, aceptando la voluntad de Dios, entregándole mi malestar, mi angustia vital… todo.

Sí que me permitió, implícitamente ya que no pedí ningún permiso, escribir a mi hermano, médico, y comentarle mi situación, aunque mi primera carta la debió de leer hasta la portera de la delegación ya que tardó mucho en llegarle a mi hermano, tanto que se llegó a preocupar.

Yo estaba angustiada y a pesar de que él había cortado la relación conmigo al irme de casa, nos carteamos una temporada contándonos nuestras vidas. Aun conservo sus cartas llenas de cariño y en las que me daba pistas, que entonces no fui capaz de entender y ahora voy comprendiendo.

Yo le escribía contándole que todos ellos (mis hermanos) eran mejores y más valiosos que yo, pero que Dios me había elegido a mi. Yo me veía tímida, cobarde, poca cosa, pero estaba dispuesta a aprender a sufrir, a entregar mi nada.

Mi hermano se asustó ante semejante afirmación, y me reprochó mi falta de ilusión por ser feliz. Me animó a reconocer mis deseos y necesidades, que no existían entonces. Lo único que tenía claro es que quería ser fiel a Dios, y por lo tanto, debía dar mi vida en la Obra.

El me recordaba, lo que nunca hizo nadie en la obra, mis cualidades positivas, mi ternura, mi preocupación por los demás, mi sensibilidad…

Yo no hacía más que reflejarle cosas negativas mías, mi miseria, mi egoísmo, mi carácter raro, mi cuadriculamiento, mi complejo de inferioridad. A la par sólo le hablaba de exigencia, de necesidad de superar cosas, de cambiar, de machacarme porque yo, y sólo yo, era la causa de vida desgraciada.

El se enfadó, reprochándome mi crueldad conmigo misma, reprochándome que me apropiara de Dios por decir que me había elegido a mí, por pensar que Dios me exigía de forma inhumana.

Me decía: “Es necesario que te sientas humana, que te sepas aceptar. Si te bamboleas de un extremo al otro, (o eres una egoísta o eres una miseria) tu capacidad de resistencia se agota, tus nervios se rompen, y aparece la depresión. ….No pongas a prueba tu capacidad de resistencia: ACEPTATE. No digas que eres una miseria: no es cierto. No digas que eres egoísta: no es cierto. No digas que padeces una enfermedad como si fuera algo ajeno a tu persona: no es cierto. No creas en los extremos separadamente. Júntalos y te harás un favor. Me gustaría saber qué te han dicho en Pamplona. No puede ser cierto que sólo te hayan dicho que tienes que cambiar de carácter” (posteriormente, en septiembre de 1984, fui a la consulta psiquiátrica a la Clínica Universtaria)

Yo no sé qué me decían en Pamplona (Clínica Universitaria) pero no me calaba nada. Tampoco sé si me llegaba lo que me decía mi hermano, pero, en él percibía preocupación, cariño, cosa que no sentí jamás en los centros, ni por parte de los médicos. Desde luego que no me hablaban de aceptación de mi misma, sino de lucha incesante contra mis defectos y miserias, contra mis rebeldías…

En una carta, le debí contar que sólo mi vida tenía sentido por la entrega a Dios y a los demás en la obra. Y, él me preguntó en la carta siguiente, y “¿tu quién eres? Parece que sólo sabes decir que crees en Dios y que vives para ayudar a los demás. No podemos decir que estamos sólo para ayudar a los demás. Puede ser peligroso: podemos sentirnos superiores a las demás personas, y si nos descuidamos, sublimar nuestros problemas personales…. Tu sigues sin saber quien eres”

Transcribo todos estos retazos de cartas porque me parece un escándalo que nadie en la obra, ni los propios psiquiatras fueran capaces de ver que mis fundamentos humanos se estuvieran hundiendo, que me estaba destrozando como persona, y sin embargo mi hermano tuviera un poco de luz, y sobretodo, se me hiciera tan cercano. Fue un verdadero apoyo, era mi única referencia.

Sigo con la vida en el centro.

En la casa había numerarias auxiliares, también con problemas psicológicos y el tratamiento era el mismo. Al día de hoy, estoy convencida de que les pasaba como a mí, pero a fuerza de mantener una situación, la patología se hace crónica y llega a no tener remedio.

Otro buen recuerdo de la vida en esta casa, era la música. Yo, por lo menos tengo conciencia de que oí mucha música, se cantaba también bastante. Igual no fue tanta, pero teniendo en cuenta que en los centros anteriores la música brillaba por su ausencia, esto parecía todo un lujo.

Era el año en que Mocedades, no sé si entonces ya se llamaban el Consorcio, sacaron un nuevo disco, con canciones como “La llamaban loca” (dice la letra: en el hospital, en un banco al sol se la puede ver…. Y los muchachos del barrio la llamaban loca….No señor, yo no estoy loca. Estuve loca ayer, pero fue por amor.) “Dónde estás corazón” (donde estás corazón, no oigo tu palpitar. Es tan grande el dolor, que no puedo llorar…). Podría nombrar muchas canciones. Yo ponía el casete, porque casi siempre cuando más escuchábamos música, era cuando íbamos a la piscina, y lloraba a lágrima viva. Aquello me ayudó mucho, porque el llanto descongestiona y relaja muchísimo. Por lo menos, daba salida de alguna manera al gran nudo emocional que me ahogaba.

Años más tarde, en vísperas de dejar la Obra, creo que también fue la música la que me ayudó a despertar interiormente. Recuerdo unas lloreras de diluvio con el, adagio de Albinoni. En serio, la música me ayudó a ser consciente de mi misma, de mi mundo interior, de mi sensibilidad herida, y me hizo despertar y ver la vida de otra manera. Me ayudó a reaccionar.

En septiembre de 1984, como he comentado anteriormente, viendo que parecía que había algo más que el cansancio inicial, me llevaron a Pamplona, a la consulta de psiquiatría de la Clínica Universitaria. Iban habitualmente algunas personas del centro. En la primera consulta hablé con el médico sobre lo que me pasaba y me hicieron un montón de tests. Me dijeron que tenía síntomas depresivos. Creo que hablaron a solas con la directora que me acompañó porque siempre tuve la sensación de que yo no tenía todos los datos de lo que me pasaba.

A esa primera consulta fui nerviosísima, porque estaba segura de que me iban a decir que estaba loca de atar o me iban a descubrir algo grave. Me pusieron un tratamiento farmacológico a base de ansiolíticos, antidepresivos y somníferos. Volvía a la consulta periódicamente, cada tres meses más o menos.

De todo esto, ni una palabra a mis padres, claro. La primera vez que fui a la clínica, sí que pasé por casa, ya que hacía tiempo que no los veía, pero les dije que iba a acompañar a otra al médico. Yo fingía estar feliz y como una rosa. Nadie me dijo si debía o no decirles nada. Pero, ¿qué les podía decir, si ni yo misma sabía qué me pasaba? ¿Compensaba preocuparles? Total, no se enteraban para nada de mi vida, ¡no iba a contarles esto precisamente! Fue algo más tarde cuando le comenté a mi hermano de mi estado de salud.

La verdad es que aquella casa humanamente fue bastante alivio, sin embargo, también tenía muy malos momentos, aunque no identifico las causas. Si recuerdo que cada vez me era más difícil controlar mis respuestas negativas ante lo que no entendía o me parecía mal. Empecé a tener reacciones desproporcionadas. Todo lo que me hacía daño lo sentía con mucha fuerza, y cuando quería hablarlo, salía mal, a borbotones, con rabia, de malas maneras. Era facilísimo sacarme de mis casillas. Me faltaba paciencia para razonar las cosas. La secretaria del centro era una jovencita de muy “buen espíritu” y más de una vez “la mandé a la porra” de malas maneras. De esta forma, sólo conseguía que pensaran que realmente estaba loca de atar.

Durante un tiempo llevé la charla de una numeraria auxiliar, también problemática y crítica. Hicimos causa común y no paraba de meterme en líos. Ella también acabó fuera a los pocos años. Se fue escapándose del centro, en Murcia, después de ir ahorrando poco a poco dinero para pagarse el tren hasta su ciudad de origen.

ETAPA FINAL: MURCIA

A pesar de estos altibajos, mi vida era bastante normal, así que en la primavera del año 85, me mandaron a Madrid para cursar la convalidación de la carrera de Ciencias Domésticas, entonces, sólo con validez interna. Por cierto, que al terminar el curso nos dieron un certificado a modo de título, que tiempo más tarde, recogieron convenientemente sin mediar explicación. Me figuro que alguna les pondría en un brete con aquel título que no tenía ninguna validez académica oficial.

En agosto fui a vivir a Murcia, a un centro que se acababa de abrir para agregadas, y donde permanecí dos años. Luego, mis dos últimos años en la Obra, los pasé en otro centro de supernumerarias y también agregadas. Los dos primeros años y el último, tuve la misma directora en los centros. La llamaré Rita.

El tercer año, cambió. Fue nuevamente de esas personas que me hicieron sufrir mucho, y ahora pienso, que gracias a ella pasé dos meses ingresada en la Clínica Universitaria de Pamplona. A ella la llamaré Celia.

Rita es una persona, a la que aún tengo gran cariño, de la que me acuerdo en muchas ocasiones. He rezado mucho por ella porque creo que sufrió conmigo, pero que no pudo o no entendió que debía actuar de otra manera conmigo. Su forma de actuar, una vez fuera de la Obra, me escandalizó en gran medida. Después he tenido noticias de ella por otras personas y, sé que la empezaron a mover de punta a punta de la península. Para mí, mal síntoma, síntoma de crisis. Ojalá le sirva para abrir los ojos y ser valiente.

Murcia fue una ciudad que me cautivó. La gente abierta, llana, alegre, acogedora. Las agregadas y supernumerarias eran verdaderamente normales, divertidas… El talante de la directora, nuevamente, contribuía mucho a que se viviera alegría, normalidad, cariño, entre las personas de la casa y las que no vivían en el centro por su condición.

Recuerdo que el primer año, otra del centro y yo nos vestimos con el traje regional, (que nos dejó una agregada), por las fiestas de primavera y así salimos a la calle el día de la fiesta grande. Disfrutamos como niñas, yo por lo menos. Era constatar que éramos normales, ciudadanas de la calle. Además a mí no me hacía falta nada para apuntarme a un bombardeo. Me gustaba disfrutar, divertirme, pasarlo bien con la gente, involucrarme en sus costumbres…

Fue la propia directora, Rita, quien nos hizo una corrección fraterna, comentando que ni ella la entendía, pero así se lo habían hecho llegar. No era lugar para una numeraria, el bullicio de una fiesta, y menos disfrazadas. Yo cogí un rebote monumental, pero me consoló que ni la directora lo entendiera. Era antinatural.

De la vida de la ciudad, en la que nos metían con infinito cariño, las agregadas del centro, todo lo recuerdo con grandísimo cariño. Estuve unos cuantos años, después de abandonar la Obra, enganchada a esta ciudad, yendo todos los años una o dos veces al año a dar vueltas por sus calles, recordando tantos buenos momentos, personas…

Allí, el primer año, entró un ladronzuelo a nuestra casa y lo único que pilló fue mi sortija de la fidelidad, que me la quitaba para ir a trabajar, porque se habían dado caso de tirones en la calle. Me pareció más prudente dejarla en casa, ya que era una sortija antigua, único recuerdo, regalo de mi madre.

Una del centro comentó: “Será que no la necesitas” Quiso interpretar que mi fidelidad no necesitaba de muestras externas. Pero, acertó, exactamente con la interpretación opuesta. ¡Cosas de Dios!

Estuve dos años administrando el club de bachilleres de los chicos, por supuesto sin contrato ni seguro social, como en años anteriores. Fue la experiencia más directa que tuve de la otra sección, y fue algo bonito. Era de las casas que a mí me iban. Se trabajaba a destajo. Yo no era de las administradoras delicadas, cuidadosas del tono humano en el sentido de detallitos y primores…

A mi me iba el cariño humano palpable, no las florituras, siempre manteniendo las debidas distancias con la otra sección, claro. Realmente nunca tuve problemas de lo que se llamaba “pureza” con la sección de varones. La gente del club de bachilleres eran jovencísimos, y después, cuando administré el centro de San Gabriel, en el que la gente tendría a partir de treinta años, se percibía gente seria y aburrida, todo menos hombres atrayentes.

Sigo con el club de bachilleres…

El centro tampoco era precisamente un palacio. Estaba bien destartalado. Se intuía que vivía gente muy joven, descomplicada, detallosa, ilusionada, que agradecían infinitamente los cuidados de madre. Y a mí me encantaba ejercer de madre, entregando la ropa antes de lo previsto si hacía falta, acogiendo con agrado peticiones a destiempo… porque se veía que no eran fruto del capricho o señoritismo.

En las anteriores casas me dolía la excesiva rigidez en aras de que no se diera ningún trato particular con nadie, con el afán de defender nuestra pureza.

Llevábamos la casa tres auxiliares y yo, todas, con buen ánimo y ganas de trabajar. Creo que nos compenetrábamos muy bien y disfrutamos mucho. Sin ninguna idea y con todo el cariño del mundo, les decorábamos la casa por Navidad, les pintamos en una ocasión, las puertas… cosas que no nos correspondía hacer, pero que agradecieron de verdad.

El tercer año de mi estancia en Murcia, tuve que trabajar unos meses en el centro de supernumerarios y la experiencia no tuvo nada que ver, en lo que se refiere a los numerarios.

Una no conoce ni nombres, ni pone caras, pero es impresionante lo que se puede saber o intuir acerca de una persona, sólo con ver su habitación, sus demandas en el comedor, su ropa… En esta casa, que no era una residencia de ancianos, casi había tantos regímenes como personas. Todo eran excepciones. Ni que decir tiene que la inmensa mayoría no se hacía la cama. No es que fueran unos frescos, era, sencillamente lo normal.

En el club de bachilleres, todo eran detalles para facilitar nuestro trabajo. Así cuando pedían cualquier cosa, nos desvivíamos por dársela cuanto antes con todo nuestro cariño. Les debía costar sudor y lágrimas conseguir el dinero para pagarnos, pero nos lo iban pasando conforme tenían, procurando ser lo más puntuales posibles.

Mi tarea apostólica estuvo con las supernumerarias. El primer año, con todo el frente de juventudes. Había supernumerarias muy mayores, ancianas. Alguna me trataba como si fuera su nieta, y yo me dejaba querer.

Luego, me tocó el grupo de las sencillas económicamente, aunque había de todo. Entre ellas había gente heroica, con maridos irresponsables que les inundaban de hijos y sin un duro, haciendo el pino para hacer las normas, ir a los medios de formación, y recibiendo reprimendas por las veces que no se hacían las cosas bien en cuanto a no cerrar las puertas de la vida…

Había muchas cosas que no me encajaban, como el hecho de estar ahí simplemente para exigirles el cumplimiento estricto de lo que decía el espíritu de la Obra, pero no para echarles una mano cuando se veía que era heroico lo que les estábamos pidiendo, y que era imposible de vivir. Otra cosa era, la cantidad de mujeres que actuaban a escondidas o engañando al marido, o que por su condición, llevaban una vida paralela. ¿Cómo era posible encajar la santidad personal con todo esto?

Una vez más no se trataba de ayudar a las personas a que se santificaran, sino que cumplieran las mil normas y compromisos con la Obra: hacer las normas de piedad, acudir a los medios de formación, entregar la aportación económica, conseguir cooperadoras y llevarlas a los medios de formación…

Hacer las normas de piedad es una cosa y tener una vida interior profunda algo que puede no tener nada que ver. En la Obra lo que se persigue, en la práctica, es lo primero. Se podía estar un cuarto de hora con un libro en la mano y por ejemplo, tres de los quinientos hijos, alrededor mareando. Una no se ha enterado de nada de lo que pone en el libro, pero se ha cumplido la norma de la lectura espiritual. Lo mismo se puede decir de la oración, el rosario…

En general, de la labor con las supernumerarias me quedó la sensación de que son un instrumento de la Obra para llegar a ser más poderosa, para influir en la sociedad. De ellas se consigue dinero e influencias. El fin no son ellas mismas, su santidad. Sólo son un medio para…

En los meses de verano acudíamos a las playas de Alicante y Murcia para impartir los medios de formación a las muchísimas supernumerarias que venían del resto de España, a pesar de que se les decía que no debían ir a las playas porque no eran más que ocasión de pecado.

Aquellos círculos siempre me parecieron un cumplo y miento, algo absurdo. Ellas iban a los círculos, nosotras los dábamos, y ya habíamos cumplido todas. Yo nunca tuve la sensación de que las supernumerarias vieran los medios de formación como algo necesario espiritualmente. Nosotras luego, llevábamos nuestra cuenta de asistencias y faltas.

Parecía que no importaban sus problemas personales, sus a veces grandísimas dificultades. Ellas tenían que vivir el espíritu, o mejor, la forma concretada por el fundador para vivirlo, fuera como fuera. A pesar de que pasaran por problemas como la falta de trabajo, de dinero, un montón de hijos, problemas de salud…todas debían colocarse el corsé que el fundador había previsto para cada uno.

Yo, en muchísimas ocasiones me encontraba sin palabras, sin autoridad para pedir nada, porque yo misma me veía incapaz de pasar por situaciones semejantes.

Recuerdo que en una ocasión se me pidió que le dijera a una supernumeraria que no dejara entrar en su casa a su hija separada y vuelta a casar civilmente. A otra, que le preguntara cómo y cuántas veces tenía relaciones íntimas con su marido. Resultaba extraño que no se quedara embarazada. Ni que decir tiene que me hice la olvidadiza.

El último año, se nos pidió que hiciéramos la lista con las supernumerarias que se confesaban con sacerdotes que no fueran de la Obra. Esa lista luego se mandó a la delegación. Desee luego, esta disposición no fue idea de la directora del centro, sino, por lo menos, mandato de la delegación.

Cambiando de tema, recuerdo que un día me encontré con aquella numeraria “libre de espíritu” con la que viví en el centro de universitarias de Valencia. Había dejado la Obra. A pesar de no ser de allí, se había quedado a vivir en Murcia porque era una ciudad que le gustaba y había encontrado trabajo.

Se la calumnió llegando a decir que les había sacado dinero a algunas de las supernumerarias mayores y adineradas, que se había liado sentimentalmente con una supernumeraria, a la que también había alejado de la Obra, y conseguido que se separara de su marido. Comprobé que todo eso era mentira. Esa supernumeraria le dio cobijo en su casa, cuando abandonó la Obra sin un duro para irse a su tierra. Le tuvieron que pagar hasta el tren para volver a su casa.

Me dio gran alegría verla. Estuvimos tomando un café juntas. Ella misma me advirtió de que era peligroso que me vieran con ella, y que si alguien nos veía, se me “caería el pelo”.

Una supernumeraria nos vio y rápidamente, la directora, Celia, me llamó la atención al llegar a casa, preguntándome sobre lo que me había contado la ex – numeraria. Me advirtió que era realmente peligrosa. Ciertamente que me hizo dudar.

Años más tarde, una vez que yo hubiese abandonado la Obra, me invitó a su casa. Durante una semana compartió su tiempo conmigo y me dio a conocer su actividad profesional, enseñándome para que yo pudiese ganarme la vida de la misma forma en mi ciudad. Sólo tengo palabras de agradecimiento para ella.

Como en ocasiones precedentes, pasados los dos primeros años, para mi la vida era un puro tropiezo. El tercer año en Murcia, cuando Celia era la directora, me resultó muy duro. Me parecía una persona irritante, que no me entendía en absoluto. Hubo temporadas en las que me negó la charla fraterna, que hacía con ella, porque total, según decía, siempre contaba lo mismo: que me encontraba fatal, que no podía con mi vida, y lloraba y lloraba…

Yo recordaba el centro de estudios, cuando la charla me resultaba un suplicio. Ahora, que era el único momento en el que podía hablar de forma personal y tranquila sobre mi persona, cuando realmente veía ese encuentro como algo necesario, se me negaba.

Yo seguía yendo regularmente a Pamplona a la consulta con la psiquiatra. En Septiembre de 1988, Celia me acompañó a la consulta. Iba realmente saturada, no sé realmente por qué motivos concretos, pero tampoco estaba desquiciada y paranoica, como quisieron hacerme creer luego.

Después de hablar con la doctora, me invitó a quedarme en la clínica unos días para descansar. Años más tarde, cuando le solicité mi historia clínica, ella escribió en el informe, que ingresé por un agravamiento en los síntomas. Yo no creo que estuviera tan mal, de forma que se hiciera patente a los demás. De hecho, el tiempo que estuve ingresada, hice amistad con algunas pacientes y me preguntaron que qué me pasaba, pues no me mostraba nada deprimida ni rara.

La experiencia de la clínica fue bonita y reconfortante. Estuve prácticamente dos meses. Fue como vivir en otro planeta en el que sus habitantes eran completamente atípicos. Había personas que vivían permanentemente fuera de la realidad, con alucinaciones, hablando con seres inexistentes, gente con estrés, como una maestra que llegó viendo niños debajo de su cama (aunque conservaba la capacidad de reírse de ello), gente en apariencia normal que pasaba, como yo y la mayoría, por momentos de depresión, varias chicas con anorexia nerviosa, varias numerarias en las mismas circunstancias que yo, un sacerdote numerario, no sé con qué enfermedad, pero en claro mal plan al que, tras una tertulia, una noche con toda la plana de la sección de mujeres, encerraron en una zona pequeñita de la planta, en pijama, para que no se escapara. No volví a saber de él.

Allí aprendí a ver y valorar a las personas de otra manera. Éramos una gran familia. Allí nadie debía disimular sus malos momentos, nadie te exigía nada. Comprendíamos que cada día le tocaba a alguien estar mal y le ayudábamos cuanto podíamos. Nos reíamos todos con las neuras de cada uno. Nos sentíamos protegidos todos, unos por otros, comprendidos. No existía sensación de ridículo. Nadie se sentía más o menos. Todos éramos igualmente importantes. Para mí fue un ejemplo de sociedad, un lugar donde a mí me hubiese gustado vivir siempre.

Recuerdo un día, en que decidió un grupo ir al cine. Las numerarias, dijimos que no nos apetecía o no estábamos bien. Se fueron unos cuantos y se rieron comentando lo que diría la gente si supieran que todos estaban ingresados en la planta de psiquiatría de un hospital. Se creó un ambiente entrañable.

Por las tardes, algunos días hacíamos musicoterapia o pintura. Escribíamos lo que nos inspiraba o nos hacía sentir la música que ponía la enfermera o pintábamos sobre nuestro estado de ánimo del momento y luego lo compartíamos entre todos.

Para mí fue una experiencia muy enriquecedora sentirme libre para poder compartir con otras personas, sin cortapisas, mis estados de ánimo, poder llorar, despotricar mesuradamente, claro…

En los dibujos casi siempre, pintaba caminos o paisajes con horizontes amplios. Los interpretaba como un estar en una constante búsqueda de mi camino, una sensación de agobio, necesidad de amplitud… Ningún profesional interpretó nada de esto. Nadie supo echarme una mano para darme luz, abrirme horizontes.

Al revés, había una psiquiatra colombiana, numeraria, que mantenía conversaciones conmigo, como una persona de Casa, más que como profesional, y me aconsejó, por lo menos en una ocasión que leyera y meditara puntos de cartas del Padre. Me pedía una mayor entrega, un mayor olvido de mí misma.

La psiquiatra habitual, tenía una misión más profesional, y aunque yo le hablaba como a una persona de la obra, ella no daba nunca a las conversaciones un tono familiar. No recuerdo nada de lo que me dijera nunca. En muchas ocasiones le escribí cartas desde Murcia, cuando me encontraba mal o no sabía resolver algo, y jamás tuve contestación. Así, al día de hoy no tengo nada, ni de ella, ni de las directoras de la obra, si quisiera pedir alguna responsabilidad.

Yo, como estaba en buen plan, me dejaban salir libremente de la planta para ir a misa al oratorio de la clínica, dar un paseo por el campus o Pamplona… En varias ocasiones me encargaron acompañar de paseo a un chico, (jovencito, claro) hijo de unos supernumerarios, que estaba francamente mal, o ir de compras de ropa con una de las chicas con anorexia. Fue realmente crudo, ya que con todo se veía mal y gorda, y sólo quería ponerse ropa negra. Estaba completamente hundida y sólo tenía 17 años. No he vuelto a saber de ella.

Me pidieron que fuera por las tardes a la administración de Aralar, el centro de estudios de los chicos, pero me sentía incapaz y acudía sólo cada semana para hacer la charla. Empecé a sentirme ligeramente libre para hacer lo que me pareciera, y no me presionaron.

A pesar de que la libertad era muy limitada (había un buen número de gente, entre médicos, enfermeras y auxiliares vigilando) yo me sentía libre. Agradecía el no tener que dar cuenta de las salidas y el empleo del tiempo, vivir con personas a las que humanamente me sentía más unida que a mis hermanas del centro. Con las personas de la planta podía hablar con libertad sobre mis sentimientos. La experiencia de convivencia con las numerarias fue también muy buena. No hablábamos con mucha intimidad, pero desde luego que con bastante más que en un centro. Nos reuníamos después de cenar para hacer una tertulia. Un día de esos fue el que vino el sacerdote, y ya no se repitió. Volví a sentir la sensación de los quince años de estar haciendo algo prohibido, pero excitante y agradable. Las tertulias no se solía saber cuándo y cómo acababan ya que, por lo menos yo, me iba plenamente drogada a la cama, y habitualmente no era consciente de ello al día siguiente.

Pero, el tiempo pasaba, y aquello se debía terminar en algún momento. Cuando me dijeron que ya me podía marchar, el bajón fue fulminante. Sentí un terror mortal de volver a la guerra diaria. Llegué al centro de Murcia. Gracias a Dios, la directora era nuevamente Rita.

No recuerdo qué hice al llegar. Creo que estaba para pocos trotes. Así, a los quince días me dejaron ir con mis padres a pasar unos días a Benidorm. No había problema (por los desnudos) ya que era noviembre. Estuve muy a gusto con ellos. Yo vivía con absoluta fidelidad mi vocación, cumpliendo las normas, buscando la mortificación, la austeridad…

Me costó mucho volver al centro de nuevo, porque me sentí muy mimada por mis padres, que a estas alturas ya se habían enterado de mi estancia en la clínica, debido a un “cansancio muy fuerte” (eso fue lo que les dije). A los pocos días de volver al centro les escribí una carta de nuevo en plan holocausto: me encontraba fatal en la obra, pero era mi vocación, el lugar querido por Dios para mí, y me debía a su Voluntad aunque en ello me fuera la vida.

Me encargaron que administrara un centro pequeñísimo de universitarias, al que sólo debía acudir tres días a la semana. Como encargo apostólico acudía a atender la labor apostólica, junta a una agregada, de un pueblo de Murcia.

Cada día me sentía peor, sin fuerzas, incapaz de hasta lo más mínimo. Llegué a sentir terror ante la idea de dar una charla a cooperadoras. Creía que me iba a quedar en blanco, que no sabría hacerlo… Alguna vez, esta simple tarea me quitó el sueño, hizo que me subiera la fiebre y tuviera que quedarme en cama. Estaba quedándome hecha un guiñapo, hasta que llegó el verano, y con él los habituales 40 grados de Murcia. Yo no podía ni moverme, así que, no sé cómo, pero se me ocurrió plantear que por qué no me iba unos días a casa de mis padres a descansar.

Antes, les comenté que me dejaran ir a la hospedería de un monasterio de monjas, donde vivía una amiga mía, antigua chica de San Rafael. No me dejaron de ninguna de las maneras, no sé si por temor a que me infectara de la peste clerical. Yo monté un buen numerito, no porque estuviera convencida de nada de lo que decía sino porque ya era incapaz de controlar lo que me hacía mucho daño.

¡Cómo estaría que no les pareció mal que me fuera con mis padres! Así el 11 de Julio de 1989, aterricé en casa de mis padres, y Dios me fue abriendo los ojos.

Para mi sorpresa, me encontré estupendamente, dormía bien, tenía fuerza e ilusión durante el día. Me daba grandes paseos con mis padres, ya jubilados. Los pocos días se fueron prolongando y cuando empezaron las fiestas de Vitoria, como no me apetecían los líos, decidí probar y volver a Murcia.

Conforme el Talgo se acercaba a la estación, volvía el nudo en el estómago. El centro, el ambiente postizo, los recuerdos… me hicieron sentir fatal y decidí, ya con una fuerza impropia de mí, que me iba definitivamente al día siguiente. Rita no me forzó en absoluto. Comentó a alguna de la casa mi marcha, pero no hubo despedida oficial.

Yo tampoco tenía claro si aquello sería el final. Por otra parte, nunca había habido naturalidad para hablar de mis excepcionalidades en la vida de familia, debidas a mi estado de salud, así que yo también me sentí más cómoda marchándome en silencio.

Con cinco mil pesetas en le monedero, me pusieron nuevamente en el Talgo rumbo a Vitoria.

Hasta abril del año 90 no escribí mi carta de dimisión. En este periodo de tiempo intentaron que asistiera a los medios de formación en el centro de Vitoria. Me daba alergia sólo pensarlo. Intentaron que pasara a ser agregada o supernumeraria. Yo, ya entonces, no quería saber nada de medios de formación ni de pisar un centro porque me ponía fatal. Estuvo un tiempo viniendo, de vez en cuando, la secretaria del centro de Murcia para hablar conmigo.

Después de unos meses con mis padres, no sabía cómo iba a ser mi futuro, las dificultades con las que me encontraría…, pero lo que sí tuve meridianamente claro es que en mi salida de la obra me iba la vida.

Me di cuenta de forma meridiana que lo que me pasaba no era una enfermedad, sino un problema vital. Dios me quería feliz en la vida y yo me estaba enterrando viva, me estaba negando el oxígeno necesario para vivir. ¡Dios no me quería allí! ¡Y, gracias a Dios, me fui!

De haber permanecido allí más tiempo, me hubiese vuelto completamente loca y a estas horas estaría muerta. Esto lo digo de todo corazón, sin exagerar lo más mínimo.

Ahora comenzaba lo más difícil, gracias a Dios, con una gran inconsciencia.

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