Lo que no sabe el Opus Dei

Publicado originalmente en OpusLibros.org 

Capítulo 19 y último de ‘¿Alguien sabe qué es el Opus Dei?’

Satur

Lo que no sabe el Opus Dei de sí mismo es que también puede languidecer y extinguirse, puede ser una caricatura de su espíritu, puede ser una figura parada en el tiempo, patética en su maquillaje de modos externos hechos de apariencias de perfección, tan falsa como esa señora que relata Charles Dickens en Grandes Esperanzas, que vive encerrada en el comedor de su frustrado día de bodas, las ventanas cerradas durante años, el festín podrido y caducado, las ratas en su entorno, telarañas y polvo, ella vestida durante años con el raído traje de bodas -en su día fantástico-, con modos aristocráticos e histriónicos, con una reloj parado en una triste hora de un año, hace mucho…

Puede ser una mentira hecha de frases preciosas tejidas con hilos prestados del Evangelio. Es fácil parecer bueno, y embaucar, cuando se nombra a Jesucristo, a Nuestra Señora, al Amor de los Amores, cuando se aconseja “Señor, en tus manos abandono lo pasado, lo presente y lo futuro, lo grande y lo pequeño…”

Viendo los predicadores de sectas en la televisión uno se queda sinceramente imantado por la fuerza de esas palabras -que usan magistralmente- de esos gestos, de esa devoción; y alucina contemplando estadios de fútbol rebosantes de gentes piadosas, entregadas y dispuestas a creer. ¿Es falso todo aquello?, ¿se puede uno reír de toda esa liturgia de rezos aparentemente sinceros, con personas aparentemente decentes, con metáforas ricas en contenidos interiores?… Y, sin embargo, algo huele a podrido, a necesidades terriblemente anónimas, fácilmente manipulables, en aquellos fieles, a histrionismo en sus pastores, a seguridades de todo a cien, a celofán de alegrías tipo “¡¡¡Si los buenos actuamos con las manos, plas, plas, plas…!!!”

En su ceguera, en su fatuidad y en su engreimiento de santidad de perfectos a base de repetición de actos perfectos, el opus dei puede creer vivir una pobreza hecha de frases preciosas sin vida que le anime: una pobreza en casas de lujo, con zapatos de lujo, con sotanas de lujo, con seis plazas de garaje, con colegios de lujo, con comidas de lujo, con fieles, no pocos, que viven en casas, chalets y ambientes de lujo. Pueden creer vivir una caridad hechas de frases conmovedoras de espaldas a su familia, a los pecadores del mundo, a la tristeza del mundo -esa que hace a tantas personas contradecirse-, a la miseria del mundo, a los palizas del mundo, a los que nos complican la vida, a los pobres también. Pueden creer vivir una alegría de hijos de Dios que es una mueca autosuficiente y agria con los que no entiendo, con los descreídos, con los ignorantes, con los fracasados, los frívolos, los “malos”, una alegría bobalicona, infantiloide, simple como la idiotez. Pueden creer vivir un amor a la libertad, esa que predicaba Escrivá diciendo que se pondría del lado del perseguido, aunque no tuviera razón, sólo por ser perseguido (¡québonitooo!), que está cerrado al derecho que tienen otros a equivocarse, también los que hemos dejado la obra de cara, sin esconderse, sin miedo, diciendo lo que había, y mirarlos con pena, con dolor, como apestados, negándoles el pan y la sal, profetizando lo peor en esta vida, y en la del Infinito y más allá.

Pueden creer vivir una entrega maravillosa de cumplimientos por amor, delicada y sencilla, y crear puñados de neuróticos obsesivos, angustiados y narcotizados en una vida mustia y triste. Pueden creer vivir un apostolado de cien nos interesan cien, dirigido, manipulador y fanático. Pueden creer vivir una castidad positiva y estar en mundos desnaturalizados, voluntariosos, normativizados, lejos de afectividades libres y, con frecuencia, débiles (esas debilidades que Jesús perdonaba porque las entendía). Pueden creer vivir una educación en la responsabilidad y el amor, y andar en capillas elitistas, clasistas, interesadas y algo porcinas en su modo de ver la vida….

Es su problema.

Tuve la suerte de acompañar a Jaume desde el diagnóstico de su enfermedad, muy larga y muy dolorosa, durante varios meses. ¿Te acuerdas, Jaume, de aquellas conversaciones?. Me decías “tú y yo nos hemos colado en el opus dei”. Y era verdad. Tantas horas los dos en silencio, tú con los ojos cerrados, jadeando, y al caer la noche… “¿sabes en qué pienso cuando estoy así?: imagino que estoy en medio del mar -¡cómo te gustaba el océano!- de tertulia con los pocos amigos que he tenido (cuatro), tranquilos, serenos, flotando en las aguas, y ¿sabes?, el mar es el corazón de Dios”. Veías el océano como el corazón misericordioso de Dios, sumergido en Él, y a mí me parecía que era el tuyo.. Dios lo tiene aún más grande. ¡¡¡Cuántas veces me hiciste repetir ese punto de la estación del Vía Crucis que dice que cuando veas un crucifijo, si te saltan las lágrimas, no las reprimas…!!!”, y me hacías una señal con el dedo como pidiendo que lo volviera a leer otra vez, y otra, y otra, y otra.. ¡Qué pena nos dábamos los dos, tan solos!. Mira que eras bestia, y arisco, pero aquel día que al despedirme te dí un besote en la barba, callaste, seguiste con los ojos cerrados (yo esperaba una auténtica coz de las tuyas), y descubrí que nadie te había entendido ni en el opus dei, ni fuera.

Y pienso, Jaume, que quizás algunos buscamos fuera del opus dei un corazón más grande, el de la Iglesia, el de Jesús, capaz de entendernos, fuera de tanto criterio, tanta tontería, que no va con uno.

Para ti, Jaume… Que nos veamos en ese Mar.

FIN DEL LIBRO

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