Comentario al punto 295 de su catecismo de 2003
Publicado originalmente en Opuslibros.org
Oráculo

Sumario:
- Los riesgos de la acción proselitista.
- La manipulación de los jóvenes.
- El itinerario de captación.
- La táctica coactiva del proselitismo.
- El aislamiento del propio entorno.
- La vocación “divina” al Opus Dei.
- Conclusión.
El número 295 de la 7ª redacción del Catecismo de la Obra se abre con esta escueta frase: Los fieles del Opus Dei viven personalmente el proselitismo con el convencimiento de que es Dios quien llama a las almas. ¿De verdad es así? Tengo mis dudas. Sea como fuere, a la luz de ese principio conviene reflexionar sobre las causas de la sequía actual de vocaciones. Y reconocer el hecho es el obvio presupuesto para entender que algo no agrada a Dios en el “apostolado” que promueve la institución, a través de su Prelado y Directores. La negación de la evidencia, la ocultación o el maquillaje de los datos ciertos, recuerdan más al comportamiento de Adán después del affaire de la manzana, cuando llamado por Dios se oculta al verse desnudo.
Las causas de la crisis actual del Opus Dei son variadas y diversas, sin duda, pero no es difícil conectar la “sequía” de hoy con los métodos que se vienen practicando para el reclutamiento de nuevos adeptos o, dicho de otro modo, con el tipo de pastoral vocacional seguida en el Opus Dei durante estas últimas décadas. De ahí la utilidad de considerar esos métodos, en sí mismos, porque son ya demasiadas las conductas denunciadas por muchas personas, de distintos lugares y ambientes, que ya no es sólo conjetura pensar que algo no agrada a Dios, así como otras conductas no van acordes con el sentir eclesial.
El testimonio de Miguel, publicado en esta web hace poco más de un año, es paradigma de muchos otros parecidos y habla por sí mismo. Por eso la descripción fría y desapasionada de la realidad puede ayudar a comprender mejor qué está sucediendo y tal vez ayude a liberar algunas “presas” de los lazos en que a veces se enredan o se les enreda. Durante estas últimas semanas se han hecho aquí observaciones muy certeras que iluminan el tema desde distintos ángulos. Mis líneas de hoy son un modesto complemento y, por eso, tal vez reiteren algunas consideraciones que otros han hecho. No me interesa tanto la originalidad como la descripción acertada del cuadro en su conjunto.
Y, en efecto, no es difícil coincidir en el diagnóstico de que los métodos practicados en el Opus Dei -para “reclutar” vocaciones- se asemejan a una “cadena de producción” en serie, con técnicas propias de las sectas, más que al discernimiento espiritual que siempre debería hacerse ante lo que es sólo un don de Dios: es decir, la vocación, una específica llamada a la entrega total de la persona, a una plenitud de “servicio de amor” desde la totalidad personal.
1. LOS RIESGOS DE LA ACCIÓN PROSELITISTA
La pérdida del horizonte sobrenatural es uno de los mayores peligros en esta acción de proselitismo y, de ahí, muchas de las connotaciones negativas que conlleva el término. Es como si conservara el eco de las palabras de Jesús a los fariseos: removéis cielo y tierra para conseguir un prosélito y luego lo hacéis devoto de vuestras tradiciones. ¡Cuánto de esto hay -o había en otros tiempos- en las instituciones de la Iglesia!
Sin embargo, José María Escrivá siempre tuvo claro el carácter divino, sobrenatural, de su personal llamada a la fundación del Opus Dei y, en consecuencia, entendía que igual debería ser la conciencia de cuantos pidiesen la admisión en su Obra. El proselitismo no era ni podía ser un reclutar miembros a toda costa, sin la convicción de una llamada específica de Dios: en el peor de los casos, a costa del discernimiento vocacional.
Por eso, no puede confundirse la pastoral vocacional con otra cosa bien distinta: el convertir a sus agentes en sujetos infalibles del discernimiento de “aquello” que proponen y “sobre” quienes lo proyectan. O, dicho de otro modo, no existen “agentes de pastoral” que por sí mismos “crean” -otorgan, suscitan- las vocaciones, con sus tácticas o sus estrategias. Pero lo cierto es que resulta muy fácil influir en los jóvenes, sobre todo cuando han recibido de Dios un natural generoso y magnánimo: su ausencia de experiencia, el despertar de los entusiasmos afectivos , y también la natural falta de madurez, les suelen dejar inermes ante las influencias de aquellos otros en quienes depositan su confianza.
En estos casos, la posibilidad de aprovechar para sí -para los propios proyectos y planes trazados- tan buenas disposiciones, tantas cualidades y energías inexplotadas, es una tentación próxima si no se actúa con extremada finura interior y si no existe una indubitada rectitud de intención. No es difícil en efecto revestir las motivaciones espurias bajo el disfraz del celo apostólico.. Por eso mismo, la experiencia de la secular tradición eclesial ha hecho que el magisterio ordinario haya insistido en la obligación de respetar y de favorecer las decisiones plenamente libres, maduras y espontáneas.
Así, por ejemplo, el Concilio Vaticano II ha subrayado esos aspectos en sus decretos Optatam totius (números 6 y 12) y Perfectae caritatis (número12). Y, en su estela, el venerado Pablo VI insistió -en su encíclica Sacerdotalis coelibatus- en la necesidad de informar a todo “candidato” sobre las dificultades e implicaciones todas de sus decisiones de entrega. Una probada experiencia es lo que ha llevado a prevenir que, en estos asuntos, no debe forzarse nunca las conciencias con argumentos “religiosos”, que resultan falsos y falaces, ya que no se instalan en el lenguaje ni en las actitudes amorosos del hacer divino.
La respuesta a una vocación divina nunca es interiormente forzada ni menos resultado del cálculo miedoso, por ejemplo: porque “si no me entrego, pondré en riesgo mi salvación eterna”, o porque “jamás seré feliz si no soy generoso, como me dicen”, o argumentaciones análogas. A una llamada de amor, no cabe más respuesta que el amor desde el amor interpersonal. En fin, jamás un camino de entrega debería emprenderse mediando ignorancia sobre los compromisos, ni engaño ni coacción moral, ni cualquier otro tipo de sugestión que disminuya el pleno ejercicio de la libertad personal.
Si alguien se sintiera en estas situaciones, el consejo inmediato debería ser que posponga su decisión, hasta que brote de un espíritu sereno, sosegado, libre, que entiende bien y quiere porque comprendió mejor. De ahí que la tradición común de la Iglesia ha considerado que es necesaria una mayor madurez humana para entregarse a Dios en celibato que para contraer matrimonio y, por tanto, la decisión tomada sin estos elementales requisitos de libertad y madurez -o cuando ésta ha sido mediatizada por la coacción sutil o el engaño- será canónicamente inválida, aparte de moralmente perniciosa.
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