Archivos para Septiembre, 2007

Eres la IRREPROCHABLE

Publicado originalmente en OpusLibros.org

Cap.3 de ‘QUERIDA OPUS’

SATUR, 8.12.2004

Una idea sobre ti que mantienes invariablemente pase lo que pase, lo diga quien lo diga, es que eres irreprochable. Mejor: eres LA IRREPROCHABLE. Una institución que se puede aceptar sin reservas, con plena y total adhesión, que cumple todas las condiciones admitidas, ya sea de un modo expreso o tácito, para ser amada. O sea, que juegas a cara y cruz con una canica. Eres perfecta…

Una lástima. Si fueras un pelín más tolerante, si aceptaras que no siempre eres perfecta, que metes la pata, que te equivocas, que estás sometida a las limitaciones que todos tenemos, te iría mucho mejor. Ese modo de ser no te invalidaría, al contrario, te haría más humana -en el sentido que a ti te gusta de “humana como más sobrenatural”. Reconocer eso también te llevaría a decir “bueno, no está exactamente bien lo que se ha hecho, pero de ahora en adelante las cosas se van a intentar hacer de otro modo. Vamos a mejorar esto, esto y esto. Vamos a por ello”.

Lo irreprochable es posible, pero sólo con esa condición de que podemos mejorar en el futuro, de que no es algo acabado, esculpido, inamovible, acortezado, fosilizado… Y esa es la condición que te falta. Más aún, cuando alguno intenta aconsejarte algún cambio en modos de tu espíritu, de tu modo de actuar, en criterios de forma o de fondo sobre la pobreza -te lo tendrías que plantear-, o sobre la formación espiritual que das -también deberías de planteártelo- de los modos de hacer proselitismo… das la callada por respuesta y le metes una patada a seguir, como en el rugby, que lo envías donde el viento da la vuelta… que se lo pregunten a Ruiz Retegui y a tantos otros que pasaron de la planta de la Semana Fantástica del Corte Inglés a Oportunidades de Hipercor en un abrir y cerrar de ojos. Eso sucede por pensar… ¡A quién se le ocurre!: en la opus no hay que pensar nada. En la opus el espíritu es “obedecer o marcharse”.

Mira, la vida es un equilibrio entre certidumbres e inseguridad, pero las certidumbres nunca son absolutas. Hay que revisarlas, definirlas de nuevo, confirmarlas. No se puede decir, de ti ni de nadie: esto es seguro porque lo vi una vez con plena claridad. Las creencias tienen que ponerse a prueba en el tiempo, en el día a día, hay que andarlas. Nuestra conducta -la tuya también- tiene que estar apoyada en razones vitales que la aseguren y confirmen. No vale afirmar, como a ti te gusta repetir, eso de “¡te basta mi gracia!”, negando la naturaleza, el carácter, la forma de ser de cada cual. Negando las “razones vitales personales”. No somos iguales, aunque nos parezcamos.

Te olvidas de que existe una maravillosa posibilidad humana y es la de poder decir “desde ahora voy a volver a empezar”.

Eres la remamangüeva. Ayer me escribía un ex, y me comentaba que todavía no había conseguido cerrar la boca ante el comentario que le hizo uno -uno así como muy preparado y todo un Jefe de planta de la Cosa- cuando leyó la carta que éste había escrito al Perlado de la opus pidiéndole la dispensa de sus compromisos: “eres un sentimental”. Le dijo “eres un sentimental” como se dice “tú eres gilipollas”. Y todo es que el chico había abierto su corazón de par en par sabiendo que se despedía, y lo hacía a su manera. Sangrando.

¿Y ése tío qué quería?. ¿Que le escribiera “vete a tomal pol culo tú, la opus y los cien mil hijos de San Luis y dame ya la dispensa que si no te meto un guantazo que ves a Tía Carmen vestida de Popeye el marino soy…?”… pero no. Era un sentimental, el pobrín. Y el otro un capullo. Y, encima, psiquiatra.

Y es que lo llevas en la sangre, encanto. Leyendo el comentario de este amigo recordé una frase de uno -éste ya no es que sea Jefe de Planta, éste tiene hasta nombre y apellido de calle en Barcelona- que me dijo un día en Roma refiriéndose al subdirector de San Rafael de una delegación “a fulanito lo que le pasa es que tiene sentimientos y sufre cuando hay que apretar para que pite alguien, y es que los de San Rafael tienen que ser tíos muy duros. Si son sentimentales sufren mucho”. Y no le faltaba razón.

Nada. Tú a lo tuyo. A la irreprochabilidad.

Un conocido mío dejó a su mujer y contaba “se acabó con ella, chicos. Llevo días pensando sobre lo nuestro y sabía que algo se había enfriado entre nosotros. Y se lo dije: lo que echo de menos en ti no es tu piel sino tu ropa”. Nos quedamos a cuadros.

Pues contigo es todo lo contrario: lo que se echa de menos en ti es tu desnudez. Hombre, algún fallo tendrás, algún defecto, alguna mancha, alguna cosilla. Y no me vengas, que ya nos conocemos, que los errores son de las pelsonas cuelpos humanos, que sí, que también, pero me parece que tú también tendrías que hacértelo mirar. Un poco.

En la carta de Don Álvaro que nos ha colgado Orejas, por ejemplo, dice unas cosas de nosotros que uno se pregunta si está leyendo a un santo o a un tío con ganas de joderte el resto de los putos días que te queden de vida. Porque da manteca fina para hartarse. Parece que estaba escribiendo y tal, y al llegar a la página de marras, la de los ex, dijo “todos fuera, dejadme solo, que se van a enterar estos… ¡¡¡dejadme soloooo!!!”. Y a zumbarle a la badana.

¿Cómo se puede escribir así, a peso, al buen tuntún, midiendo a todos por el mismo rasero, eso de “si alguno de mis hijos se abandona y deja de guerrear, o vuelve la espalda, que sepa que nos hace traición a todos: a Jesucristo, a la Iglesia, a sus hermanos en la Obra, a todas las almas”. Sí, hombre sí, y al Barça, y a las Clarisas de Cotatuero, y a mi abuela Dolores que en culo tiene flores.

Y eso de que “se ha puesto el corazón en los encantos de una vida mundana, y en lugar de servir, se ansia sólo triunfar; en lugar de darse, tener; en lugar de Amor, egoísmo; y al fin, en lugar de negarse a uno mismo, se niega a Dios. Entonces, donde había entusiasmo y alegría, aparecen el aburrimiento y la tristeza mala…”.

Pues no, listillo. ¿Encantos de la vida mundana?: suena a “Manual de Urbanidad para señoritas”. Los encantos de la vida mundana los viví contigo, que allí se vive encantadoramente bien. No me fui ni para triunfar, a ver si te enteras, ni pata tener -tú sí que tienes y, además, no das nada gratis, que vas a cobrar hasta el agua bendita en los cursos de retiro, y que no gastas ni en bromas -. Ni me fui para ser egoísta -donde lo era, y mucho, era viviendo como un burgués en cualquiera de tus centros y casas de convivencia, que se vive que te cangas-. Ni abandoné para negar a Dios -tú lo niegas en este texto donde cuesta reconocer que el opus sea del mismo Dios que se supone que tú y yo tratamos. El Tuyo es Jehowa el Terrible.

Y de aburrimiento y tristeza mala, narices. ¡¡¡Joder con el dichoso rejalgar ya, hombre!!!.

¿Pero no te das cuenta de que así no puedes ir por la vida?. ¿De verdad que no lo ves?.

Mira, me he cogido tal rebote leyendo la carta de Don Álvaro que me voy a la calle a hacer una pintada y así me relajo, que es que me pierdooooo.

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La captación en los Colegios del Opus

Publicado originalmente en OpusLibros.org

C.S. (España), 22-1-2003

Respondo al mensaje firmado por los “kuatro mosketeros” (los del colegio del Opus de Sevilla), del 20-01-2003.

Creo que es bueno que se corra la voz en vuestro colegio -y en todos los del Opus- de la existencia de esta web. Así conoceréis la verdad sobre esta secta.

Yo mismo fui del Opus y profesor de un colegio de la Obra durante 8 años. Y considero que es necesario que todos conozcan los medios que utiliza el Opus Pater para captar numerarios y agregados:

- Cómo se manipula la conciencia de chicos de 13, 14 y 15 años para que “piten” (pues, tal como me decía mi director en aquella época, “cómo va a pitar uno de 20 años, si tiene la conciencia ya formada; es más fácil ‘tratar’ a los de tu curso”).

- Cómo se le dice a uno de esa edad: “chico, tú tienes vocación, aunque no lo veas ahora” (la verdad es que muchas veces que lo dije, yo tampoco lo veía, pero bueno). Y cómo se lava la cabeza con aquello de “¿no querrás ser como el joven del Evangelio, a quien Jesús dijo ‘déjalo todo y sígueme’ y el joven no lo hizo y se fue triste…?” ¡¡¡Qué gran farsa!! Uno tiene que buscar la Verdad, tiene que buscar su vocación por sí mismo, uno tiene que ver su camino y no que se lo vean los demás por él.

- Cómo se presiona a los chicos para que “piten” mediante una estrategia perfectamente diseñada: lo que a mí me decían los chicos con los que trataba, se lo contaba a mi director en la “charla semanal”. Y éste, a su vez, lo exponía en el Consejo Local. ¡¡Vaya forma de manosear a las personas!! Y el Consejo diseñaba una estrategia individualizada para aplicar con aquel chico. Así pues, lo que yo le decía al chico, lo que el sacerdote le decía al chico en la confesión, y los mensajes subliminales que lanzaba el sacerdote en la meditación… todo estaba perfectamente organizado para el chico en cuestión pidiera su admisión en el Opus.

- Cómo, cuando entras, no te lo cuentan todo. Te lo van contando poco a poco para que no te empaches. “Como un plano inclinado…”, decíamos (y supongo que seguirán diciendo). Al principio, no te cuentan lo del extenuante Plan de Vida (o no te lo cuentan entero), tampoco te dicen lo del cilicio ni las disciplinas, ni el Índice de libros prohibidos, ni la ducha fría, ni el proselitismo agresivo que estás obligado a hacer y ha rendir cuentas periódicamente como si se tratara de la Cuenta de Explotación de una multinacional, ni la corrección fraterna (modo de conseguir un “estado policial”), ni el hecho de que cuando trabajes tendrás que dar a la Obra tu sueldo íntegro, ni tantas otras cosas…

- Cómo una vez dentro no puedes pensar por tí mismo: no busques la verdad, te dirán, la verdad ya la hemos encontrado nosotros, y está en las notas que llegan de Roma, en las Constituciones, en el Catecismo de la Obra, en las normas… Tú sólo mueve tu voluntad para hacer lo que el director te “sugiera”, pero no uses tu inteligencia. (Y las mujeres mucho menos, “vosotras no hace falta que seáis inteligentes, basta con que seáis discretas”, decía San Marqués de Peralta).

- Cómo una vez dentro debes obedecer y obedecer: te dirán que “tienes que ver la voluntad de Dios en aquello que te diga tu director”, “obedeciendo no te equivocarás nunca”, “es de mal espíritu contradecir al director”,…

- Cómo te dicen al principio que la Obra sólo obliga en lo relacionado con la vida espiritual de uno, pero no en temas profesionales, etc, etc, y que uno es libre para dedicarse a la profesión que desee. ¡¡ Mentira !! Te “sugerirán” cuál es el trabajo profesional que mejor les conviene que desarrolles (normalmente, profesor de un colegio del Opus). Y cómo debes hacerlo.

- Cómo te dicen que el Opus Dei es de Dios. Ese Monstruo que sólo engendra fanáticos no puede ser de Dios. No es de Dios.

- Cómo tu objetivo principal será hacer proselitismo (hacer que muchas personas entren en la Obra), en vez de hacer apostolado (hacer que muchas personas se acerquen a Dios). Pues para ellos la Obra y Dios son la misma cosa. Y cómo les importan un cuerno las injusticias sociales, y los marginados, y los pobres… “Nosotros somos probres”, te dirán. Pues menos mal que son pobres, porque si llegan a ser ricos… “La pobreza es estar desprendido de las cosas, pero no consiste en carecer de ellas”, dicen. Parece increíble que alguien pueda creerse eso en pleno siglo XXI.

- Cómo te presionarán para que no abandones la Obra. El fundador decía: “Hijos míos, sedme fieles”. ¡¡Sedme fieles a mí, decía, no a Dios ni a la Iglesia ni siquiera a la Obra, no, a él!! Y cómo te diran que la Gracia de Dios te llega a través del Padre, y si abandonas la Obra te separarás de esa fuente de Gracia, y te irás de cabeza al infierno. “Yo no doy un duro por el alma de un hijo mío que tira la vocación por la ventana”, decía el fundador. ¡¡Que gilipollez más grande!! La Gracia viene de Dios, y Dios no la delega, ni la transmite como si fuera un Administrador de una S.A. que delega en escritura pública sus funciones a un Apoderado.

- Cómo, si finalmente consigues irte -que no es fácil- lo pasarás fatal porque tendrás que adaptarte al mundo real (y eso que los de la Obra son “cristianos corrientes”: eso no se lo creen ni ellos). Si lees el libro de Mª Carmen Tapia, verás que cuando ella abandonó la Obra el sacerdote le aconsejó que se pusiera en manos de un buen psiquiatra.

He escrito estas líneas improvisando, de un tirón. Quizás las ideas están desordenadas. Así que, “kuatro mosketeros”, seguid leyendo esta web que explica mejor que yo la verdad sobre esa gran farsa que se llama, erróneamente, Opus Dei.

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Lo que no sabe el Opus Dei

Publicado originalmente en OpusLibros.org 

Capítulo 19 y último de ‘¿Alguien sabe qué es el Opus Dei?’

Satur

Lo que no sabe el Opus Dei de sí mismo es que también puede languidecer y extinguirse, puede ser una caricatura de su espíritu, puede ser una figura parada en el tiempo, patética en su maquillaje de modos externos hechos de apariencias de perfección, tan falsa como esa señora que relata Charles Dickens en Grandes Esperanzas, que vive encerrada en el comedor de su frustrado día de bodas, las ventanas cerradas durante años, el festín podrido y caducado, las ratas en su entorno, telarañas y polvo, ella vestida durante años con el raído traje de bodas -en su día fantástico-, con modos aristocráticos e histriónicos, con una reloj parado en una triste hora de un año, hace mucho…

Puede ser una mentira hecha de frases preciosas tejidas con hilos prestados del Evangelio. Es fácil parecer bueno, y embaucar, cuando se nombra a Jesucristo, a Nuestra Señora, al Amor de los Amores, cuando se aconseja “Señor, en tus manos abandono lo pasado, lo presente y lo futuro, lo grande y lo pequeño…”

Viendo los predicadores de sectas en la televisión uno se queda sinceramente imantado por la fuerza de esas palabras -que usan magistralmente- de esos gestos, de esa devoción; y alucina contemplando estadios de fútbol rebosantes de gentes piadosas, entregadas y dispuestas a creer. ¿Es falso todo aquello?, ¿se puede uno reír de toda esa liturgia de rezos aparentemente sinceros, con personas aparentemente decentes, con metáforas ricas en contenidos interiores?… Y, sin embargo, algo huele a podrido, a necesidades terriblemente anónimas, fácilmente manipulables, en aquellos fieles, a histrionismo en sus pastores, a seguridades de todo a cien, a celofán de alegrías tipo “¡¡¡Si los buenos actuamos con las manos, plas, plas, plas…!!!”

En su ceguera, en su fatuidad y en su engreimiento de santidad de perfectos a base de repetición de actos perfectos, el opus dei puede creer vivir una pobreza hecha de frases preciosas sin vida que le anime: una pobreza en casas de lujo, con zapatos de lujo, con sotanas de lujo, con seis plazas de garaje, con colegios de lujo, con comidas de lujo, con fieles, no pocos, que viven en casas, chalets y ambientes de lujo. Pueden creer vivir una caridad hechas de frases conmovedoras de espaldas a su familia, a los pecadores del mundo, a la tristeza del mundo -esa que hace a tantas personas contradecirse-, a la miseria del mundo, a los palizas del mundo, a los que nos complican la vida, a los pobres también. Pueden creer vivir una alegría de hijos de Dios que es una mueca autosuficiente y agria con los que no entiendo, con los descreídos, con los ignorantes, con los fracasados, los frívolos, los “malos”, una alegría bobalicona, infantiloide, simple como la idiotez. Pueden creer vivir un amor a la libertad, esa que predicaba Escrivá diciendo que se pondría del lado del perseguido, aunque no tuviera razón, sólo por ser perseguido (¡québonitooo!), que está cerrado al derecho que tienen otros a equivocarse, también los que hemos dejado la obra de cara, sin esconderse, sin miedo, diciendo lo que había, y mirarlos con pena, con dolor, como apestados, negándoles el pan y la sal, profetizando lo peor en esta vida, y en la del Infinito y más allá.

Pueden creer vivir una entrega maravillosa de cumplimientos por amor, delicada y sencilla, y crear puñados de neuróticos obsesivos, angustiados y narcotizados en una vida mustia y triste. Pueden creer vivir un apostolado de cien nos interesan cien, dirigido, manipulador y fanático. Pueden creer vivir una castidad positiva y estar en mundos desnaturalizados, voluntariosos, normativizados, lejos de afectividades libres y, con frecuencia, débiles (esas debilidades que Jesús perdonaba porque las entendía). Pueden creer vivir una educación en la responsabilidad y el amor, y andar en capillas elitistas, clasistas, interesadas y algo porcinas en su modo de ver la vida….

Es su problema.

Tuve la suerte de acompañar a Jaume desde el diagnóstico de su enfermedad, muy larga y muy dolorosa, durante varios meses. ¿Te acuerdas, Jaume, de aquellas conversaciones?. Me decías “tú y yo nos hemos colado en el opus dei”. Y era verdad. Tantas horas los dos en silencio, tú con los ojos cerrados, jadeando, y al caer la noche… “¿sabes en qué pienso cuando estoy así?: imagino que estoy en medio del mar -¡cómo te gustaba el océano!- de tertulia con los pocos amigos que he tenido (cuatro), tranquilos, serenos, flotando en las aguas, y ¿sabes?, el mar es el corazón de Dios”. Veías el océano como el corazón misericordioso de Dios, sumergido en Él, y a mí me parecía que era el tuyo.. Dios lo tiene aún más grande. ¡¡¡Cuántas veces me hiciste repetir ese punto de la estación del Vía Crucis que dice que cuando veas un crucifijo, si te saltan las lágrimas, no las reprimas…!!!”, y me hacías una señal con el dedo como pidiendo que lo volviera a leer otra vez, y otra, y otra, y otra.. ¡Qué pena nos dábamos los dos, tan solos!. Mira que eras bestia, y arisco, pero aquel día que al despedirme te dí un besote en la barba, callaste, seguiste con los ojos cerrados (yo esperaba una auténtica coz de las tuyas), y descubrí que nadie te había entendido ni en el opus dei, ni fuera.

Y pienso, Jaume, que quizás algunos buscamos fuera del opus dei un corazón más grande, el de la Iglesia, el de Jesús, capaz de entendernos, fuera de tanto criterio, tanta tontería, que no va con uno.

Para ti, Jaume… Que nos veamos en ese Mar.

FIN DEL LIBRO

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Los “informes secretos” sobre personas del Opus Dei

Publicado originalmente en OpusLibros.org

© por ORÁCULO

 

1. Sigo aportando textos que ayuden a comprender mejor la realidad vital e institucional del Opus Dei, que esta web permite ya entrever a través de muchos de sus valiosos testimonios. Una vez descrita la reprobable costumbre de “murmurar” sobre la vida de los fieles de la Prelatura, que institucionalmente asumen los Directores por causa de su oficio y del locuaz silencio que lo caracteriza, deseo presentar algunos textos de la Instrucción para los Directores, donde puede verse el origen de tan detestables “hábitos institucionales”. Me refiero a los números 70, 71 y 72, de la mencionada Instrucción, y a las respectivas notas de Álvaro del Portillo sobre esos puntos, que son las notas 97 a 101. Publico los textos como Apéndice, al final de estas líneas de presentación.

 

Esos textos permiten comprender la práctica en sí misma y la intencionalidad con que fue propuesta en sus orígenes. No obstante, después de varias décadas de funcionamiento, de ese núcleo embrionario ha brotado una gran agencia de información, capaz de “burocratizar” hasta lo más íntimo de las personas -reléase, si no, el informe sobre un Numerario publicado anteayer- y de poner todo al servicio de la institución o, más exacto, al servicio de los proyectos y de las ideas de la nomenclatura que la maneja y la dirige. Por aquí se entiende mejor cuál es el poder del Opus Dei como institución y cómo se concreta de facto la finalidad de su Prelatura.

 

Al considerar la dirección espiritual como una función propia de gobierno, de un gobierno fuertemente centralizado y piramidal, es fácil deducir que toda la organización funciona como una gran “agencia de inteligencia”. A los Directores les llega toda la información de conciencia de los miembros de la Obra y allegados. Y tales conocimientos, tanto de fuero externo como interno, se materializan en “informes” escritos -aparte la información oral- que son informes secretos, trasmitidos hacia arriba en la escala de mando. Y lo peor es que su “veracidad” jamás se discute, como tampoco se aceptará jamás la discusión de sus contenidos -aun infamatorios- según las reglas del derecho. He aquí por qué “eso” es murmuración. ¿Tendremos que añadirle el adjetivo de “santa” para su purificación? Suena casi a blasfemia: desvergüenza indecente, sí que lo es.

 

2. Las inquietudes de un hombre de negocios o de un político, las preocupaciones de los sacerdotes diocesanos, lo que pueda oír la limpiadora de cualquier curia, o el conductor del automóvil de un político o de un Obispo, o un familiar próximo, o alguien cercano a la familia, el camarero del restaurante, etcétera, todo eso llega, de todo se toma nota o se juzga, y todo se recoge como el agua en los embalses. Es más, tratándose de Obispos, está indicado que todo miembro de la Prelatura que tenga algún contacto directo con la jerarquía debe redactar un escrito detallado para entregarlo a los Directores, sobre todo si en las conversaciones ha sido mentado el Opus Dei. Y, si esa persona no es capaz de redactarlo, se encarga de hacerlo quien recibe su charla de “dirección espiritual”.

 

De este modo los Directores nacionales y centrales del Opus Dei retienen información abundante sobre cada Obispo, por ejemplo, como un discretísimo “servicio de inteligencia” en el seno de la Iglesia, que va dejando constancia de todo y centraliza la información. Después, no es difícil diseñar una “política de relaciones públicas” para en cada momento promover la imagen que conviene o hacer pensar a otros lo que interesa. Y, al igual que con los Obispos, sucede lo mismo con casi todo.

 

Como el gobierno de la institución influye en sus miembros a través de la dirección espiritual, es fácil servirse de ella para actuaciones institucionales interesadas, al modo de los grupos de presión. Esto ha ocurrido en política, en finanzas, en medios de comunicación y en otros ámbitos profesionales, y ocurre también en el seno de la sociedad eclesiástica. Ése es el “poder del Opus Dei”, que algunos dicen, sea en el Vaticano o en las curias eclesiásticas, en la política, en la educación o en las finanzas: algo muy distinto de la fuerza transformadora de la oración de los santos, a veces difícil de calibrar. Y así los límites entre organización de servicio y organización de poder se tornan muy borrosos y sutiles en la práctica. La supuesta finalidad estrictamente espiritual de la Prelatura se diluye por excesivamente “encarnada” en las conveniencias del momento.

 

¿Estoy exagerando? De ningún modo, y aún es probable que me quede corto. El reciente testimonio de Eugenio Trías -numerario del Opus Dei entre 1960 y 1963- en su “autobiografía” El árbol de la vida. Memorias (Barcelona 2003) resulta ilustrativo, porque escribe desde la distancia de los años y del discurrir de la vida, sin animosidad ninguna, y en relación con fechas y actuaciones que comprometen directamente al Fundador de la institución. Copio uno de sus párrafos:

 

Durante las mañanas, en el piso de “Stadtwaldgürtel”, casi en las afueras de Colonia, ayudaba al secretario de la Institución en Alemania. Recuerdo que no paraba de hacer fotocopias; por mis manos pasaban las disposiciones que venían de Roma y que se distribuían por las distintas “regiones” de la Obra. Fue allí donde descubrí alguna circular que me llenó de zozobra, o que comenzó a sembrar en mi cerebro las semillas de la duda. En particular me produjo verdadero escándalo un volante en el que se hacían una serie de recomendaciones a los socios que llegaban a ocupar cargos públicos o puestos políticos. Se les instigaba a que tuvieran consideración prioritaria, con el fin de cubrir plazas vacantes o puestos, por socios del Opus Dei o afines, o como mínimo por cooperadores o personas doctas o próximas. Prácticamente se alentaba a ese enchufismo (hoy hablaríamos de “tráfico de influencias”) que todos los enemigos de la Obra, que eran legión, entre otros mi propio padre, le reprochaban amargamente.

 

Por esta vez los enemigos parecían tener razón. Leí el documento sin dar crédito a lo que mis ojos veían. Y si en esto acertaban los enemigos, ¿les iba a faltar razón en lo demás? ¿No sería la Obra una siniestra maquinaria inventada para la conquista del poder que se aprovechaba de regímenes dictatoriales como el franquista, donde no habían partidos políticos, para actuar al modo de un poderosísimo “lobby” (o en forma de un “grupo de presión”, como de forma algo eufemística se decía entonces); y en el que, además, confluían las fuerzas más reaccionarias del espectro político? (pp.240-241).

 

Ésta es la experiencia y el recuerdo de Trías. Pero significativo es también que por esas fechas, en 1963, es cuando Hans Urs von Balthasar manifestó su opinión en la prensa internacional sobre esa “nueva fuerza” emergente en la Iglesia, que entonces era el Opus Dei. En su artículo El Opus Dei: integrismo católico, publicado en Neue Züricher Nachrichten-Christliche Kultur, puede verse que no sólo diagnosticó certeramente las deficiencias antropológicas de Camino y de su teología espiritual, sino que también parece conocer bien los modos institucionales de acción, como podía esperarse de un pensador tan riguroso. No consta que haya rectificado esos juicios, aunque el boca a boca sotto voce entre algunos fieles de la Prelatura diga otra cosa, siempre entre vaguedades: “Pero me suena que este hombre cambió de opinión luego… se habló con él, ¿no?”, dicen algunos. Que se intentó que así fuera es cierto, pero no consta que lo hiciese. ¡Cómo va a “rectificar”, si su juicio era certero!

 

3. En fin, no deseo distraer ahora mi atención fuera del tema propuesto. Pero, si se miran las cosas así, los problemas actuales del Opus Dei se concentran en la acción de un reducido colectivo que apenas llega a unas 200 personas: aquellas que integran el núcleo duro de las “confianzas mutuas” seguras, que son quienes “manejan” a muchos otros -en el peor de los sentidos- por un motivo supuestamente sobrenatural, que a su vez justifica y mantiene las adhesiones. Pero en esto sucede -como en todas las estructuras totalitarias- que las aparentes unanimidades firmes se deshacen como un azucarillo cuando la represión pierde su capacidad de coacción o cuando los intereses convergentes dejan de ser tales o, sobre todo, cuando por gracia de Dios cae de los ojos la cándida venda de la ingenuidad de muchos. Y todo esto es un motivo de esperanza.

 

En parte, la irritación

 

de algunos contra opuslibros proviene del hecho de poner la verdad al desnudo y proyectar luz sobre las sombras de sus desconfianzas. Y, por eso, algunos Directores “mayores” comienzan a ser conscientes del deterioro interno. Pero su consecuencia inmediata es que se agudiza entonces la separación entre los diversos grupos o niveles “de confianza” trasmitiendo las opiniones del mando: de un lado, los Directores de Centros y, de otro, los demás miembros. Con bastantes ya no se cuenta para casi nada: en cambio, comienza a aparecer una “guardia pretoriana de talibanes” de nuevo cuño, laicos y sacerdotes de limitada experiencia, los nuevos “guardias de la revolución”, cuya debilidad está en su ignorancia y en la rigidez de su fanatismo. Por supuesto, se sigue dando la impresión de crecimiento o de expansión apostólica, y ahora se habla -sobre todo en España- de los muchos Numerarios o sacerdotes que van a salir o están saliendo al extranjero. ¡Qué sarcasmo! No pocas veces los “lejanos países” son el allende la Prelatura, pues opuslibros

está contribuyendo al “crecimiento” de la higiene mental de muchos. Ésta es la situación, a mi parecer.

 

Y algunos -de “dentro” o de “fuera”- siguen pensando que la solución a los problemas ha de venir de los actos del poder, siempre desde arriba. Aquí serían decisiones de los jerarcas de la Iglesia, ya que en el horizonte no parece despuntar una regeneración interna. Pues no diré que no, y ojalá en este caso fuera así, porque facilitaría mucho las cosas. Sin embargo, tampoco debería olvidarse la perspectiva de que, en sus desconocidos planes sobre la historia, a veces la Providencia divina deja hacer al mal por algún tiempo, los tiempos en que el trigo y la cizaña han de crecer juntos.

 

Por eso, pienso, no hay mejor camino para la liberación de las conciencias que una sólida formación teológica y moral, asentada en la fe apostólica: esto es lo único seguro. De este modo, “dentro” o “fuera” de la institución: ¡qué más da!, uno siempre estará en condiciones de colaborar al bien donde se haga y con quienes lo hagan, de evitar hacerse cómplice del mal allí donde se practica, y sobre todo de quedar libre o “liberado” de caudillos, salvadores o libertadores de ocasión, porque sólo a Dios se llama Padre, como enseñó el divino Maestro. ¿Se atreverá alguien a calificar esto como actitud de soberbia? No lo sé. Para mí es una muestra del legítimo orgullo de saberse hijo de Dios.

 

 

 

 

 

APÉNDICE

 

 

 

Instrucción para los Directores de 31 de mayo de 1936

 

 

 

en Instrucciones del Padre. (Edición completa). Notas de Álvaro del Portillo. Volumen I

 

 

 

(Roma 1967) pp.303-307

 

 

 

A) Los números 70,71,72 de la Instrucción

 

 

70 [303] Conviene que todo lo que pase esté reflejado brevemente en el papel. ¡No es tanto el papeleo, no [304] es tanto! Las cosas externas ya quedan en el diario de la casa. En cambio, las fichas que yo os pido son más íntimas.

 

Así los Directores no se olvidarán de dar a conocer lo que deba ser conocido por la Comisión; y de otra parte, estando todo escrito, evitáis que se produzca perturbación en el funcionamiento de la casa, cuando otro haya de ocupar vuestro cargo.

 

No descuidéis, por tanto, vuestro fichero: el tener que redactar esas notas breves, os hace pensar más seriamente, con objetividad. El Señor no suele negar sus inspiraciones, para ver bien lo que hasta entonces no se veía claro. Y las fichas personales, al dar a conocer mejor a la gente, facilitan los medios que contribuyen a la formación, a la santificación de cada uno.

 

71 En todo caso, jamás hay en estas fichas nada que pueda suponer difamación, puesto que no es ése el espíritu de la Obra, que es espíritu y modo de familia cristiana, en la que habrá siempre mutua confianza.

 

Este fichero personal del que vengo hablando, se asemeja más bien al que tiene un buen médico [305] en beneficio de sus clientes. Y, en este caso, los clientes vuestros son muchas veces vuestros hermanos; y muchísimas más, aunque no sean vuestros hermanos, son almas que amáis in visceribus Iesu Christi (Philip. I, 8).97

 

Las fichas personales de la gente joven salen solas, si se anota, cada vez que surja, algo que merezca la pena hacerlo consignar -hay que poner la fecha siempre-, y después de alguna charla con el interesado.98

 

[306] Conviene repasar, con una determinada frecuencia, esas fichas personales, para reparar cualquier omisión; y además, porque no debéis olvidar que está bien lejos de nuestra manera de obrar, poner a nadie una etiqueta para toda la vida. Anotad también en esas fichas las circunstancias familiares, profesionales, talento, aptitudes, aficiones, etc. Así podréis informar, cuando sea oportuno, a la Comisión Regional.99

 

72 Finalmente, tened un fichero, lo más completo posible, de las visitas que hagáis a las autoridades -siempre de acuerdo con la Comisión-, y de las amistades de la casa y anotad el trato que tenía con cada uno, para no dejar que ninguna de esas amistades se enfríe. Que en la ficha quede nota de las atenciones que ellos tienen con vosotros, y vosotros con ellos: podéis hacer una buena labor espiritual.100

 

[307] No dejéis de completar este instrumento con el fichero ya tradicional que llamamos de santos: se compone con fichas que se encabezan con la fecha de cada día del calendario, y, en cada una, se anotan los nombres de los amigos que en esa fecha celebran su fiesta. Todos estos ficheros estarán solamente en manos de los miembros del Consejo local.101

 

 

(97) [305] Queda bien claro el objeto de estos ficheros personales: poder ayudar mejor a nuestros hermanos, seguirlos con eficacia, como sigue un buen médico a sus clientes, y estar en condiciones de informar cuando sea oportuno a los Directores Regionales, o éstos a los del Consejo General. Pero no está de más fijarse en que el Padre insiste, con palabras fuertes, en que esas fichas no pueden contener nada que sea difamación: nada que pueda suponer difamación, afirma. Hay que redactarlas con la máxima delicadeza, con objetividad y con cariño; nuestro Fundador suele decir que han de hacerse de tal modo que, si las leyese el interesado, su reacción fuera ésta: levantar el corazón a Dios, para dar gracias por el desvelo paternal que con él tienen sus Directores.

 

Aunque la existencia y el contenido de ese fichero están comprendidos en el silencio de oficio (cfr. n. 72), no debe de ordinario anotarse nada que -de una manera o de otra – no sea ya conocido por el interesado, por su propia experiencia o porque se le ha indicado a través de la corrección fraterna, de la Confidencia, etc. Por eso el Padre habla de la mutua confianza que hay siempre en la Obra, también a propósito de estos detalles.

 

(98) Aclara el Padre que esas anotaciones hay que hacerlas especialmente para los que están en la primera formación, y en los Centros de Estudios: y también, después, con alguno que haga cosas notablemente raras o excéntricas, pero siempre con el criterio de caridad y justicia que ya se ha comentado (cfr. nota 97).

 

– Cuando se trata de chicos de San Rafael, de Cooperadores, etc., es muy interesante consignar en fichas su asistencia a los medios de formación, la correspondencia que con ellos se tiene, la ayuda que prestan, etc. De este modo, [306] aunque cambien los Directores, será muy fácil mantenerlos en contacto con nuestra labor apostólica, y hacer que aumente con el tiempo y se consolide el cariño que tienen a la Obra, que no es ni debe ser nunca sólo amistad con determinadas personas de nuestra Familia (cfr. Instrucción, 9-I-1935, n. 206).

 

(99) Al informar, con estos datos, a la Comisión Regional, recuerden los Directores su especial obligación de señalar a los que tengan especiales aptitudes, para ocupar determinados cargos, o para desarrollar especiales apostolados en la Obra (cfr. la nota 11 de esta Instrucción).

 

(100) Se trata del apostolado de la amistad, que hay que hacerlo no de un modo desordenado, ni dejándose llevar por caprichos, sino con orden sobrenatural, y con motivos y fines también sobrenaturales. Por eso es necesario el fichero, para que no se atienda sólo a los que sean más simpáticos a los Directores, sino a todos, en la forma debida. Apostolado de amistad, específico [307] de la Obra, que el Padre ha hecho desde el comienzo de la labor. Recuerdo que, cuando terminó la guerra española y se pudo trasladar a Madrid, prácticamente todos los días había personalidades eclesiásticas almorzando en casa: no nos hemos de limitar naturalmente a las personalidades eclesiásticas; pero, en aquellas circunstancias, ese apostolado de la amistad era necesario para salvaguardar la Obra de las calumnias que esparcían algunos, de los que el Padre piadosamente decía que obraban “putantes se obsequium praestare Deo.

 

(101) El fichero que llamamos de santos es, como recuerda el Padre, tradicional en nuestra Obra: cfr. Instrucción, 9-I-1935, n. 207 y nota 136. Naturalmente, no se trata tan sólo de una cuestión de urbanidad, de humana cortesía; sino de delicadeza espiritual. Todos agradecen las atenciones que se tienen con ellos, y más cuando ven que se hacen por un motivo noble y sincero, sobrenatural: se debe además tener en cuenta que hay quienes se molestan, y pierden la amistad, aun siendo buenas personas, si no se les recuerda en fechas determinadas.

 

– Este pasaje de la Instrucción nos da ocasión de agradecer que la Obra, además de ser divina, sea muy humana.

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La devoción al «mito» de José María Escrivá

Publicado originalmente en OpusLibros.org

© por ORÁCULO

Imagen: Paul Klee, “Divorce in the Evening”

1. Después de estos últimos meses, en los que he venido describiendo aspectos criticables del Opus Dei actual, cada vez voy teniendo más claro que esas patologías enlazan directamente con la etapa fundacional y con la personalidad de su Fundador, que he comentado hace unos días. Por eso el reciente estudio de Marcus Tank dedicado a la biografía de José María Escrivá merece ser destacado, por la frescura renovadora de sus enfoques y porque conlleva un reclamo de investigación integradora sobre los múltiples aspectos: la reducción en la que tanto insistía von Balthasar y que personalmente busco en mis escritos sobre el Opus Dei.

Ese escrito me ha recordado la charla final sobre el Padre o nuestro Padre, o la filiación al Padre, no recuerdo exactamente, en un reciente curso de retiro. El ponente era personaje cualificado del stablishment de la Prelatura. Y esto hizo más inquietante el discurso oído. En síntesis -una síntesis que hacía el mismo charlista- decía (sic) literalmente: hemos de parecernos a nuestro Padre, el modelo que nos ha dado Dios es San Josemaría, y cuanto más nos parezcamos a nuestro Padre más nos parecemos a Dios. Quien hablaba entonces era sin duda una buena persona. Parecía convencido de sus afirmaciones, y se quedaba tan pancho.

Pero me resultan preocupantes esas expresiones, la intencionalidad pastoral a la que sirven, y también su contexto, ya que parece establecerse de facto una “mediación” de ese “nuestro Padre”, análoga a la del Verbo encarnado, para la unión con Dios, por el hecho de haberse recibido la vocación al Opus Dei. Y esto es un grave error teológico, teórico y práctico, tanto en la teorización de la “paternidad espiritual” de Escrivá sobre el Opus Dei como en la “devoción” al “San Josemaría” de diseño…

En lugar de presentarse a Escrivá como otro más “del Opus”, de la Obra pero “de Dios”, con la misma vocación para hacer una “tarea divina”, en su caso con la misión de Fundador, se eleva su paternidad fundacional a una mediación necesaria para la unión personal con Dios en la vida interior de cada uno de sus hijos. Sinceramente, me parece una exageración, muy poco afortunada, y teológicamente inaceptable. Es muy peligroso porque significa que Jesucristo es suplantado por ese nuestro Padre y porque no se concibe una relación personal y directa con Jesús sino a través de esa mediación.

Algo análogo sucede cuando el Opus Dei institucional pretende ocupar idéntica posición respecto de sus fieles que la Iglesia apostólica como tal, bajo la afirmación de que es una partecica de ella. Éste es el tema de fondo -teológico, no tanto canónico- que se encubre en el discurso de la estructura jerárquica aplicado a la Prelatura, como bien se muestra -por poner ahora un ejemplo- en la carta de 26 de junio de 2006 del actual Prelado, enviada por escriBa hace unos días. Por estos caminos, se eleva la institución al rango divino de la misma Iglesia y, al tiempo, se vacía de contenido la constante afirmación del propio Fundador de que yo no soy el modelo, el modelo es Jesucristo, como si esto fuera “retórica humilde” que habríamos de tomar a beneficio de inventario. Y ¿por qué estas frases sí, y otras no? ¿Quién determina cuáles sí y cuáles no?

2. Lo “imitable” de los santos es -a mi parecer- su disposición y su acción de correspondencia a la gracia, pero ésta es siempre propia de cada uno y para cada uno: cada cuál recibe lo que Dios le regala y personalmente tiene su medida propia de plenitud en Cristo. Más que “imitar” a los santos, contemplamos su relación con Cristo, entrando en su mundo interior, para que nuestro corazón se empape de afectos y se mueva -bajo la acción del Espíritu Santo- al afán de correspondencia a Jesús.

No negaré que la “filiación espiritual” a Escrivá otorga como un “derecho a su intercesión”, a una protección y ayuda particular del San José María auténtico. Pero no hay que invertir los términos: la relación de cada uno es con Jesús, personal, exclusiva de cada uno, y quien llama a la santidad -cualquier tipo de vocación- es Jesús y no ese “nuestro Padre”, del que suele hablarse a todas horas opportune et importune… y. sobre todo, importune. ¡No hay que sacar las cosas de quicio!

Si existe alguna vocación divina al Opus Dei, entonces es Dios quien llama a cada uno personalmente, pero no a “imitar a ningún San Josemaría artifical”, sino a hacer “su” Opus Dei: es decir, el de Dios y, por tanto, cada uno en su tiempo, en su momento, en sus circunstancias, que no son las del José María fundador. En realidad esa obra divina es la santidad personal de la pureza interior del corazón, por la que Dios enciende “mi ambiente” del mundo y por la que Él atrae todas las cosas de ese mundo hacia sí.

Así pues, el Opus Dei no puede entenderse como la tarea de “imitar” al Fundador -tantas veces sin fundamento, según la aguda observación de Marcus Tank- ni menos copiar sus modos de responder aquí o allá: cada persona es original e irrepetible en su vocación, en su llamada, en sus circunstancias, en su santidad, y Dios cuenta con esa unicidad personal de cada quien -protagonista activo de una relación interpersonal singularísima con Dios- como camino del Opus Dei divino.

Todo este panorama queda borrado del horizonte interior cuando la vida ascética y la pastoral espiritual se mediatiza, en sentido estricto por el omnipresente “San Josemaría”, por muy Fundador que haya sido. La vida de José María Escrivá no reúne en sí todas las vocaciones ni todas las situaciones de la historia en las que habrá de desplegarse el espíritu de la “Obra de Dios”. Si en efecto es de Dios, entonces este espíritu transciende, libre, el contexto histórico y la persona del Fundador.

Ergo: hay que recibir con cautela todas esas frases como imitar a nuestro Padre o parecerse a nuestro Padre, pues tales expresiones son equívocas en sí mismas. Sólo parecen servir para promover una peligrosa espiritualidad desde arriba (Anselm Grün) o para que los Directores atemperen toda la posible iniciativa renovadora, creativa, de los fieles fuera de su control, Con esta reflexión no pretendo negar que la meditación de la vida y escritos -sobre todo fundacionales- de Escrivá sea oportuna para “comprender” y “entender” el carisma recibido: al contrario, resulta lo más “natural” sobrenaturalmente hablando. Pero deberá ser meditación sobre la realidad objetiva de lo histórico y no sobre un mito.

3. Con todo, el juego de los equívocos de nuestro charlista no terminaba ahí. Deliberadamente el ponente confundió además la canonización del santo con la “canonización del espíritu del Opus Dei”, considerando así como espíritu las tradiciones recibidas de Escrivá. Pero, teológicamente, la canonización de José María Escrivá nada añade al tema del discernimiento sobre su carisma, ya que es sólo la constatación de que el Fundador alcanzó la meta de la bienaventuranza, habiéndose empeñado en vivir según el espíritu que en su día recibió aprobaciones eclesiales. Conviene no confundir planos, ni extrapolar consecuencias más allá de lo que permite una sana teología.

¿Por qué entonces se hacen ahora esos nuevos razonamientos? ¿Por qué incluso se hacen hasta el extremo de afirmar -como ha hecho el Prelado actual- que la “canonización” debe considerarse casi como una nueva “fecha fundacional” del Opus Dei? Al menos veo dos “razones” de facto, asentadas en la pastoral de la Prelatura. De un lado, porque se está entendiendo la fidelidad de un modo materialista: acciones concretas y modos de hacer determinadas cosas, aunque curiosamente se hable de “fidelidad al espíritu”. Y, de otro, porque esa figura histórica -con toda la materialidad detallada de su “vida y milagros”- es secuestrada por la organización institucional y en cierto modo “administrada” a los súbditos en sus interpretaciones. He aquí el mito.

De ahí brota la “divinización” de las acciones de gobierno, en la medida en que sus decisiones son presentadas como “concreción” auténtica del espíritu transmitido por el Fundador -sobre el que no cabe discutir ni polemizar- y, por tanto, tan “divinas” como el espíritu fundacional. Al no hacerse distinciones ni separación de temas, la institución se va haciendo cada vez más totalizadora, más totalizante y también totalitaria. Se suplanta lo empírico por el mito y luego no se reconoce realidad a las vocaciones singulares, como distintas de la vocación única del Fundador; según este parecer, en el Fundador “mitificado” está todo, y éste no es sólo causa ejemplar sino eficiente y formal de todas las “llamadas” al Opus Dei.

Es una especie de “panhegelianismo fundacional”, sostenido por la institución en la historia y servido por una nomenclatura cerrada -cuantos aceptan sin rechistar o, mejor, sin pensar esos presupuestos- que de continuo no hace sino mirarse el ombligo. ¿Estoy exagerando? Pienso que no. Hay modos de demostrar que es así. Estúdiese con atención, por ejemplo, el editorial publicado en la revista Crónica (junio, 1985) pp.590-596, titulado Parecerse a nuestro Padre, pues ahí se concentran con gran claridad los actuales “desenfoques” exagerados sobre la devoción a Escrivá o, más exacto, las claves del mito construido sobre su persona.

Esos enfoques son fomentados, sostenidos y también desarrollados sistemáticamente por la institución con los suyos, mediante una eficaz acción de gobierno, cuya “fuente” está sin duda en Álvaro del Portillo. Como no es mi intención alargar excesivamente este escrito, por vía de apéndices, envío a Agustina una copia escaneada de ese editorial, para su edición aparte. Mis posteriores citas textuales se toman de ahí y buscan destacar el núcleo de ideas que hoy están siendo repetidas hasta la saciedad: tópicos y estereotipos, estandarizados en los medios de formación, que producen ya hartazgo y rechazo interior. Es momento, pues, de aplicar la reflexión teológica a ese núcleo temático, para calibrar su fundamento.

4. De entrada, se constata una explícita tendencia a engrandecer la figura de ese “nuestro Padre” por encima de todos los demás santos habidos en la historia de la Iglesia. Se muestra en la repetida cita de un supuesto comentario hecho por Pablo VI en ese sentido, en audiencia privada a Álvaro del Portillo, como si fuera el juicio “histórico” formulado por un Papa casi con valor dogmático. De ser cierto el comentario, no pasa de ser una opinión privada, vertida de pasada en una conversación de amigos, sin apenas importancia.

Si a este hecho se añade el silencio habitual sobre otros santos, o sobre otras experiencias de santidad en la Iglesia, resulta que la “canonización interna” del mito San Josemaría es prácticamente una “cuasidivinización”, cuyo culto parece superar la hiperdulía de veneración otorgada a la Madre del Verbo encarnado. Es como si Escrivá fuera el “medianero de todas las gracias” para cuantos se relacionan con”su” Opus Dei (de Escrivá, no de Dios).

No necesito discutir aquí la supuesta opinión de Pablo VI sobre Escrivá. Pero sí afirmo que no procede “sacar consecuencias” de donde no pueden sacarse. Es más, nadie tiene derecho a hacernos comulgar a todos con esas ruedas de molino. Y, en este aspecto, no está de más recordar el consejo de Tomás Hemerken de Kempis (libro III cap.58 §§5-6) sobre las comparaciones “humanas” de los hombres, hablando de la grandeza de los santos:

“[§5] (…) Callen, pues, los hombres carnales y sensuales que pretenden disertar sobre el grado de los santos, pues no razonan sino por prejuicios y apreciaciones personales, quitando y poniendo a su gusto, de acuerdo con su parecer, y no como agrada a la eterna Verdad.

[§6] Muchos obran así por ignorancia, especialmente aquellos que, con escasa luz sobre las cosas espirituales, raramente aman con perfecto amor sobrenatural. Estos tales se dejan llevar por un afecto natural, como también de una amistad puramente humana, y así se inclinan más a unos santos que a otros, imaginándose que en las cosas celestiales acontece lo mismo que en las de la tierra. Mas hay una distancia inconmensurable entre lo que piensan estos imperfectos y lo que intuyen los varones espirituales que están iluminados por la revelación sobrenatural“.

Cuando se vive instalado en estos enfoques, obviamente en los “ambientes de familia” del Opus Dei, no es difícil advertir una especie de “soberbia espiritual compartida”, una gran falta de humildad colectiva, de la que brota la tendencia a establecer una analogía completa -en la transmisión del “espíritu del Opus Dei” y su realización histórica- con el plan económico de la salvación. Pero esto es una exageración peligrosa e inasumible.

La consecuencia inmediata será razonar sobre nuestro Padre y su misión con nociones que sólo tienen sentido aplicadas a la Revelación divina y a la misión del Verbo de Dios. Ciertamente, no se mentará la hipóstasis del Unigénito para nada ni su “encarnación”, pero sí se habla de una “encarnación perfecta del espíritu del Opus Dei en San Josemaría” y de un plan divino de realización de ese Opus Dei en la historia, a través del mito de San Josemaría, con la misma intensidad e idéntica lógica de conceptos por los que se describe la economía histórica de la salvación. Sólo falta decir sobre el Fundador omnia bene fecit y pertransiit benefaciendo.

5. Los extremos absurdos a donde conduce tanta exageración, sin fundamento teológico, se muestran de inmediato. El más grave es sin duda la tendencia a suplantar la acción directa del Espíritu Santo por una “supuesta” acción directa de ese “nuestro Padre” en la santificación, más allá de lo que es la intercesión de los santos. Como decía más arriba, su papel se transforma entonces en una “mediación” análoga y analogada con la acción del Verbo encarnado, afirmando incluso una inhabitación del personaje en el alma de sus fieles, como acontece con la Trinidad divina.

El asunto me parece muy serio porque es una auténtica barbaridad ascética y teológica. Algunos párrafos del editorial de Crónica arriba mencionado son elocuentes, sobre todo porque se redactan con palabras atribuidas a Álvaro del Portillo. Nos basta ahora con seleccionar tres párrafos.

a) Se dice, por ejemplo: “Nos recuerda también el Padre que nuestro Fundador (…) Es mucho más que una escultura: es nuestro Padre. En el Cielo continúa ejercitando ese oficio paterno y materno. Por gracia de Dios, vive en el alma de cada uno de nosotros, y nos golpea de vez en cuando en el corazón para que seamos más fieles (tertulia 12-X-1980, Crónica 1980 p.1273)”.

Y pregunto: ¿en qué consiste esa inhabitación de “nuestro Padre” en el alma de sus hijos? ¿A quién se le ha revelado la existencia de la concesión de una gracia tan singular (de Dios al “nuestro Padre”) no conocida en otros santos de sólida y reconocida devoción en la vida de la Iglesia? ¿Es que acaso Dios-Padre ha abdicado de su paternidad en el Opus Dei, o acaso la ha atado necesariamente a la “mediación” del San Josemaría fundador? Pero ¿no fue el mismo Escrivá quien consideraba cofundadores a cuantos vinieron al Opus Dei mientras él ejercía su “paternidad” en esta tierra?

b) Se dice también: “Como la santidad es, principalmente, fruto de la acción del Espíritu Santo, nuestro Fundador es, en nuestros corazones, como un amplificador de las mociones divinas (Crónica 1979 p.5). Por eso nos recomienda el Padre: buscad a nuestro Padre en vuestro corazón; permitidle actuar en vuestra alma en gracia, para que levante propósitos de una humildad más profunda, de una entrega más plena, de una fidelidad más decidida (carta de Navidad de 1975, Crónica 1975 p.1806)”.

Y pregunto: ¿puede aceptarse que, aparte de la acción del Espíritu santificador, San Josemaría haga cosas por su cuenta, tales como amplificar el efecto de las gracias del Espíritu divino? ¿Es que acaso Escrivá llega hasta donde “no llega” el Espíritu de Dios? La santificación es totalmente obra del Espíritu Santo, no principalmente, como ahí se dice.

c) Y se añade también: “Permitiremos actuar a nuestro Padre si fomentamos en nosotros una actitud de docilidad a la acción del Espíritu Santo, que se traduce en dejarse moldear por los Directores, en recibir bien la corrección fraterna, en abrir el corazón con sinceridad en la dirección espiritual… Así la gracia de Dios entra a raudales en el alma y nos transforma en Opus Dei. Y, si hemos sido fieles, al mirarnos en el espejo del examen de conciencia, contemplaremos reflejada, no la pobre imagen de hombres llenos de miserias, sino la figura de nuestro Modelo, Jesucristo, y también la de nuestro Padre (tertulia 26-VI-1977, Crónica 1977 p.763)”.

Esta cita es por demás significativa, pues aquí está insinuada la peligrosa identidad entre la acción de los Directores y la acción del Espíritu Santo. Y, como es sabido hay mucho que objetar a una tal afirmación. El tema reclama comentarios más extensos, que quedan hoy para otro momento. Pero no estarán de más algunas observaciones al hilo de esta última cita.

6. De un lado, la expresión dejarse moldear por los Directores suena fatal, más en nuestros días. Sin embargo, por encima de gustos y preferencias, lo peligroso en el uso de esa expresión es que sirve a la identidad implícita entre Directores y Espíritu Santo. De otro, ¿recibir bien la corrección fraterna? Sin duda, ciertamente. Pero “corrección” sobre lo que es materia de corrección, ¡no sobre otras cosas! La experiencia aconseja que conviene precaverse frente a un abuso de “ese medio ascético” cuando es usado para “moldear” a las personas, según las particulares interpretaciones de los Directores de turno. Para algunos parece haberse convertido en el modo de “atar en corto” a los demás, forzando a adoptar unos modos de hacer, que no tienen por qué ser comunes ni menos obligatorios.

Y se insiste de nuevo en abrir el corazón… se supone que en la confidencia. Sí, ciertamente, habrá que hacerlo, pero siempre que esa confidencia sea “confidencia”, confidencial, no una excusa para obtener “información personal sensible” -por parte de quien oye- que luego es usada en la acción del gobierno (fuero externo) y en los juicios que se vierten sobre los “gobernados”, privada o públicamente. Y menos, cuando está destinada a engrosar un informe escrito, secreto, pero “divulgable” de modo indefinido.

En cuanto al espejo del examen de conciencia, la imagen propuesta me resulta incomprensible. Mi experiencia es que la luz del Espíritu Santo sumerge en la intimidad de Dios por el camino de la fe desde la comprensión de la propia miseria. Más aún: es como una “inmersión en el conocimiento de la propia miseria e indignidad”, según lo que San Juan de la Cruz describe como noche oscura del alma, porque, cuando se está siendo en Dios, uno contempla en sí los dones propios (“algo propio” sin duda, de uno mismo) como lo que son: esto es, como “dados”, donados e inmerecidos, y por tanto “como suyos”: de ese Dios tan bueno, que nos ama con predilección singular.

De ahí es de donde brotan las acciones de gracias y el amor operativo como afán de correspondencia. O yo no entiendo nada de todo este asunto, o ese singular espejo no es nada distinto de la mera imitación exterior -repetición de conductas, estereotipos- de un personaje o de sus obras reales o supuestas. Desde luego, no me parece que esa imagen esté describiendo ningún proceso interior de crecimiento en la unión con Dios.

En fin, aun con la voluntad de salvar las expresiones más equívocas por la vía de aguar su sentido literal, la textualidad de todos los párrafos mencionados no deja de suscitar reparos, sobre todo cuando su “uso ordinario” -es decir, cómo habitualmente se explican y se comentan en los medios de formación- muestra que las cosas se entienden como en efecto se expresan.

7. El método de redacción de ese editorial de Crónica -ciertamente útil para entender la pastoral que la Prelatura del Opus Dei promueve sobre su Fundador- lo muestra como una recopilación de “citas descontextualizadas“, ensambladas una tras otras, pero con una finalidad precisa: confeccionar un verdadero corpus de doctrina sobre la devoción a un mito. Aparte las desviaciones doctrinales inherentes al asunto, para mí es obvio que la devoción propuesta, por el modo de su proposición, frena la dinámica viva del Espíritu Santo, pues la institución no se abre a su libre impulso sobrenatural y, en cambio, parece someter su misteriosa acción a los “controles humanos” de una comprensión calculadora, y también caduca por histórica.

Con todo, del conjunto de las citas ahí incluidas, me quedo con una sola, a la que no pondré ningún reparo. Son estas palabras, atribuidas al Fundador: ¿imitarme a mí? ¡No! Hay que imitar a Jesucristo, que es el modelo de todos (tertulia 14-IV-1976 Crónica 1976 p.598). Son palabras coherentes con su expresa enseñanza de que ser santo es ser buen cristiano: parecerse a Cristo. El que más se parece a Cristo, ése es más cristiano, más de Cristo, más santo (Dos meses de Catequesis II p.489). Y, sin embargo, es curioso que el efecto directo de todo ese editorial de Crónica viene a ser “modificar” o “enmendar” las palabras del Fundador. La “doctrina” de Álvaro del Portillo las hace irrelevantes, como si fueran sólo retórica que mana de la humildad personal del hoy santo. Así es como se ha dado carta de naturaleza al mito.

Comprendo y comprenderé siempre que la estrecha unión de Álvaro del Portillo con José María Escrivá, su afecto y devoción filiales, justifiquen que, mirando su persona, sólo atienda a las gracias divinas sobreabundantes y a la acción de Dios en esa alma. Y, más aún, al haber sido durante tantos años su confesor y confidente. Es lógico que su corazón se desborde en afectos, elogios, admiración, y también en las acciones de gracias a Dios. Pero esto es una cosa, y otra cosa muy distinta es pretender que sus juicios y expresiones sean aceptados como la “verdad histórica”, casi revelada, sobre Escrivá.

Su amable apasionamiento y la misma implicación de su existencia personal en la vida de José María Escrivá, le hacen estar de tal modo unido al personaje, formando parte de su misma historia, que él no puede ser el camino para una “reconstrucción crítica” de ese pasado. Álvaro del Portillo es fuente de ese pasado, pero una fuente que no debería “autointerpretarse”. Como toda realidad histórica, el pasado reclama una “crítica de las fuentes”, y una crítica con método, para poner “los datos” en un contexto de contrastes.

Como en la vida de Escrivá está implicada la historia de Del Portillo, no puede ni debe hacerse la historia del primero a partir del segundo, sin que este segundo sea entonces juez y parte de todo lo acontecido y vivido al unísono por ambos. Y, por tanto, con todas las cautelas que deban aplicarse al caso y con todo el respeto a lo autorizado del testigo, nada debería impedir ni excusar la crítica de “esa fuente”. Transformar la voz de Álvaro Del Portillo en el oráculo seguro de “esa historia” no parece metódicamente correcto.

Sólo los hagiógrafos de los libros sagrados han gozado de la inspiración como carisma y la consiguiente inerrancia para sus escritos y, aun en este caso, esa letra se abre al campo dinámico de la historia que, con su acontecer, elucida significados nuevos. Sin una investigación científica sobre Escrivá no tendremos jamás la historia de un santo sino la proposición de un mito. Y, de nuevo, no deja de ser curioso que la institución anime al estudio de los escritos de ese nuestro Padre, donde su “espíritu” -se dice- está como esculpido, cuando luego veta el uso de los escritos más directamente fundacionales -por ejemplo, sus Cartas e Instrucciones- o no abre sus valiosos archivos al trabajo libre e independiente de los estudiosos.

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